Crear arte trata de mediar la realidad, nunca es la realidad misma. Ya lo dijo (y lo pintó) el surrealista flamenco René Magritte: la pintura de una pipa “no es una pipa”. Sin embargo, el trabajo de esta artista plástica inglesa, que versa principalmente en creaciones hechas en cera, pareciera contradecir a la epistemología.
La obra de la inglesa Alma Berrow aborda escenas comunes de la sociedad clandestina. Su trabajo más reciente, creado durante la pandemia y apegado a la tradición familiar de trabajar con cerámica, presentó una colección llamada “Porque polvo eres, y al polvo volverás”: una serie de ceniceros, manos, colillas y cenizas que nos recordaron lo efímero de la existencia y lo cíclico y circular de nuestra esencia.
Si aceptamos, al menos desde la tradición judeo-cristiana –que plantea que Dios creó al primer hombre, Adán, de arcilla roja–, que somos polvo, la propuesta artística pandémica de Berrow resultó circular e irónica.
Así son las creaciones de esa artista de la cerámica, que lo mismo crea un cenicero con una mano para posar sobre ésta el cigarrillo, que un plato con tocino de cerámica y huevo estrellado de cerámica.

El año pasado, Berrow expuso en El cuarto de Máquinas, un espacio experimental adjunto a la Galería Hilario Galguera. Anteriormente, El cuarto de máquinas era una cantina famosa de Ciudad de México, llamada “La Rambla”: un lugar de fiesta y frecuentado más por hombres, lo cual contrastó con el mensaje de la exposición y que en ese momento una mujer estuviera exhibiendo en un lugar con mucha historia, temas un tanto “tabú” para las mujeres, que serían: la fiesta, el libertinaje y el deseo.
En “For dust you are, and to dust you shall return” podemos observar distintas piezas de cerámica que evocan a estos temas, como por ejemplo, la manzana mordida, que desde la historia de Adán –que por cierto, en hebreo significa arcilla roja– y Eva es vista como objeto de tentación.
Uno de sus objetivos, es elevar el disgusto de la cotidianidad a través de las manos, que además, van acompañadas de lámparas con las que tienen un juego visual muy peculiar y que da alusión a las manos haciendo figuras o creándolas, como lo hacíamos de niños.
A través de las esculturas, Alma Berrow crea un espíritu de fiesta en el que nos muestra un lado del que no muchas veces se habla: el lado infantil e inmaduro del disfrute de la fiesta, ese momento en el que solo disfrutas, haces cosas inmaduras y que siempre se ha visto como un momento en el que puedes alejarte un poco de la realidad.
En esa exposición pudimos observar la dualidad con la que vivimos y con la que siempre tenemos que convivir, de cómo al final todos podemos llegar a ser inmaduros en un estado de goce y disfrute.
La cantina La Rambla, previamente situada en Avenida Chapultepec 79, proporcionaba el escenario perfecto para la exposición.
Al entrar a la galería, la sensación inicial era la de una fiesta desenfrenada –de manos inquietas en plena conversación, de ceniceros llenos de cigarros, corcholatas y cerveza esparcidas.
La nueva serie de manos utiliza métodos ópticos de ilusión vistos por primera vez en la obra de Berrow. La composición de las manos y las posiciones en las que se sostienen, por ejemplo, los cigarros, los cerillos y los destapacorchos, junto con la forma en que se iluminan contra las paredes blancas, crean marionetas de sombras de animales con las formas de serpientes, perros y gansos, entre otras.
Escenas del desenfreno, la vida excesiva, la fiesta, el deseo sin límites y sinónimos de todo ello, hechos cerámica. Objetos que, diría el surrealista Magritte, no son los objetos evocados, sino –esto lo diría el obispo irlandés George Berkeley– nuestra percepción de ellos.