Albert Gleizes, el gran teórico del cubismo que encontró refugio en el arte sacro

Martes 08 de Diciembre 12.48 GMT

 

Albert Gleizes hizo arte y escribió sobre hacer arte; su vida le fue en ello: abordar para sí y para los demás todas las aristas de la plástica y las formas, hasta convertirse en uno de los máximos exponentes del cubismo en práctica y teoría.

De nacionalidad francesa, Albert León Geizes nació el 8 de diciembre de 1881 en París, y fue sobrino de León Comerre, un afamado retratista, ganador del Premio de Roma en 1875.

Desde muy joven cedió a la tentación creativa y se involucró en el estudio de diseño industrial propiedad de su padre Sylvain Gleizes, a la par que exploraba en los terrenos de la poesía y el dibujo técnico.

A la edad de 21 años, en 1902, expuso en la Société Nationale des Beaux-Arts con la obra La Seine à Asnières, una pintura de inspiración impresionista.

Posteriormente, influido por el pensamiento de libertad de los artistas Fernand Léger, Robert Delaunay, Jean Metzinger y Henri Le Fauconnier, residió en distintas comunas de artistas independientes con miras a la autogestión y la autonomía.

Hacia 1910 incursionó en el cubismo, convirtiéndose, junto a Jean Metzinger, en uno de los teóricos más importantes sobre esta corriente con el libro Du Cubisme (Sobre el cubismo y los medios para comprenderlo, dotándolo de bases teóricas y estéticas).

Obra que fue leída por el grupo Putreaux –artistas y críticos europeos asociados al orfismo, rama del cubismo– y al que pertenecían Jacques Villon y su hermano Marcel Duchamp.

Poco después de la guerra, para 1915 llegó a Nueva York, en donde fue testigo del nacimiento del dadaísmo en Estados Unidos.

Debido a las consecuencias de la guerra y el halo emocional que esto trajo consigo, Albert Gleizes volvió a Francia inmerso en una crisis personal.

Decepcionado por la pintura del periodo de entreguerras y el fracaso de la Revolución Rusa, en 1923 se instaló en Serrières, al sur de Lyon y, cuatro años después, formó la comunidad Moly-Sabata, con la que pretendía forjar “un reducto de salvación dentro de una sociedad abocada, a su parecer, al colapso”, según lo narra el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

En 1932 se unió al movimiento de Creación-Abstracción y dedicó el final de su carrera a abordar el arte sacro y el arte en la ciencia. De esta etapa, una de sus obras más reconocidas es La caída de Babilonia.

Los últimos años de su vida transcurrieron junto a sus discípulos en una comunidad espiritual. Falleció el 23 de junio de 1953 en Aviñón, Vauclause.