La Barraca y la faceta que definió a Federico García Lorca

Miércoles 14 de Abril 10.58 GMT

 

Hablar de Federico García Lorca es referirse a un agudo observador del habla, de la música y de las costumbres de la sociedad rural española; a un poeta y dramaturgo que dio expresión al deseo, al amor, a la muerte, al misterio de la identidad y al milagro de la creación artística, entre muchas cosas más.

Nacido el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, España, el personaje que se convertiría en el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX, se mudó con su familia al pueblo de Granada y formó su infancia aprendiendo letras, música y teatro con su madre.

En el otoño de 1914, García Lorca se inicia en las carreras de Filosofía y Letras, y Derecho, y entabla amistad con Martín Domínguez Berrueta, titular de Teoría de la Literatura y de las Artes, una relación que lo llevaría a viajar por otras regiones de España, despertando su vocación como escritor que dio como fruto primer libro de prosa, Impresiones y paisajes, en 1918, donde el joven poeta descubre su deseo de discutir temas políticos, inquietudes religiosas, la vida monacal, la escultura renacentista, y el porvenir de España en general, y más.

En 1919, con ayuda de su amigo Fernando de los Ríos, Federico finalmente llega a Madrid a la Residencia de Estudiantes, dirigida por Alberto Jiménez Fraud, que, con ideales similares a los de Oxford o Harvard, pretendía ser el hogar espiritual donde se fragüe y depure, en corazones jóvenes, el sentimiento profundo de amor a la España. Y así fue, tanto en Madrid como en Sevilla, se juntó con un gruò de colegas donde pudo cumplir las intenciones que descubrió al viajar por la provincia española.

Así, en años por venir, Federico García Lorca se hizo amigo y compañero de personajes como Luis Buñuel, Emilio Aladrén, Rafael Alberti y Salvador Dalí, con quienes conoció el surrealismo y alcanzó su madurez como dramaturgo y poeta, atento al arte del pasado, y formando parte de uno de los grupos poéticos más importantes de Europa y del resto del mundo. En estos años, durante la década de 1920, trabajos como Romancero Gitano y Mariana Pineda vieron la luz.

 

Ateneo de Seviila en 1927. Asistentes, de izquierda a derecha: Rafael Alberti, Federico García Lorca, Chabás, Bacarisse, José M" Platero, Blasco Garzón, Jorge Guillén, Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Fuente: Centro de Estudios Montaneses.
 

Fue en la primavera de 1929 que Lorca se alejó del ambiente andaluz y de su círculo de amigos ilustres al acompañar a Fernando de los Ríos, su antiguo maestro y amigo de su familia, a Nueva York y Cuba, donde tendría la oportunidad de aprender inglés, vivir por primera vez en el extranjero y renovar su obra, incluso escribiendo El público, una de sus obras más complejas y multifacéticas que explora la naturaleza de la pasión homosexual, recordando ese tiempo como una de las experiencias más útiles de su vida, incluso mencionando: "Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba."

 

El regreso a España y la creación de su legado: La Barraca

 

Sintiéndose renovado y aliviado, Federico García Lorca regresó a España en 1931 y empezó a colaborar en proyectos con Eduardo Ugarte que pretendían fomentar un mayor intercambio entre la cultura de las ciudades y la de los pueblos.

Es así como nació La Barraca, formada por estudiantes de Filosofía y Letras y Arquitectura, quienes se encargaron del montaje escénico, y donde colaboran artistas como Ramón Gaya, Santiago Ontañón, Ponce de León y Benjamín Palencia, autor del popular cartel de La Barraca. En este teatro ambulante que no buscaba ningún propósito político, sino únicamente cultural, los cuatro artistas se ocuparon de la realización escenográfica y la actuación junto con los estudiantes.

 

 

Eduardo Ugarte y Federico García Lorca con La Barraca en la Residencia de Estudiantes de Santander. Fuente: Centro de Estudios Montaneses.

 

Federico García Lorca frente al cartel "La Barraca" de Benjamín Palencia. Fuente:  Centro de Estudios Montaneses.
 

Solamente con un autobús para el transporte del personal y una camioneta entoldada, llamada graciosamente "la bella Aurelia", para llevar los decorados y equipajes, Federico García Lorca y La Barraca funcionaban como podían, cambiándose a veces incluso en habitaciones prestadas por el vecindario.

De Madrid a Santander, y pasando por todos los pueblos que había entre la ruta, La Barraca presentaba obras como El caballero de Olmedo, La dama boba, Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, Fuenteovejuna, y más, que fueron catalogadas por la prensa nacional como triunfos excepcionales, llevando y cargando la cultura y las letras a diversas partes de España que no lo tenían a su alcance, haciendo de Federico, además de poeta, dramaturgo, e intelectual, también un docente y figura de la historia del teatro, porque, para los estudiantes se trataba de una formación única, pero para García Lorca, La Barraca fue su determinante formación teatral, una que le enseñó el oficio de director.

 

Un ensayo de Fuenteovejuna. Ugarte y Lorca a la derecha. Fuente: Archivo Goyeneche.
 

No obstante, el 28 de agosto de 1936, diez días después del asesinato de Federico García Lorca a manos del gobierno de ultra derecha, La Barraca abandonaría Santander para no volver nunca más.

Ya fuera entreteniendo, impartiendo cultura, o cosechando talentos de teatro, escenografía y letras, mirando en retrospectiva, La Barraca puede definirse como la faceta más importante de Lorca, porque también al ser su su última, lo graduó en la práctica escénica y como director y formador, una etapa que empata en gloria a la del oficio de sus letras, las que siempre velaron por hablar de las inquietudes más profundas del corazón humano, y que son por las que ultimadamente es recordando el joven nacido en Fuente Vaqueros.