Intimidad y melancolía en la obra de Joy Laville

Martes 08 de Septiembre 10.17 GMT

 

La mujer lila, como la denominó su compañero Jorge Ibargüengoitia, llegó al mundo el 8 de septiembre de 1923 en Inglaterra, pero eligió México para renacer en 1956. Junto a su hijo Trevor Rowen, se estableció en San Miguel de Allende, para encaminar su vida al arte.

Originaria de la Isla Wight, Joy Laville estudió artes en el Instituto Allende en Guanajuato y la asocian con La generación de la ruptura, junto a José Luis Cuevas, Rufino Tamayo, Pedro Coronel y Francisco Toledo.

Sin embargo, esta afirmación es debatible para los críticos de arte y especialistas en la materia.

 

Con influencias de los artistas Pierre Bonnard, Paul Gauguin, Henry Matisse, James Pinto y Roger von Guten, Laville desarrolló un estilo delicado y figurativo con el uso de colores tenues muy ligados a la coloración del mar.

Tonalidades que se relacionan con el transcurso de su niñez en las cercanías del Canal de la Mancha.

Su particular manera de interpretar el mundo a través de sus pinturas fue descrita por el autor de Estas ruinas que ves y Dos Crímenes como “alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico”.

 

 

Aunque gran parte de las creaciones de Joy Laville fueron hechas con lienzo y pintura, la artista también exploró con la escultura y el bronce, la serigrafía y los grabados de aguafuerte.

Además, ilustró algunas portadas de Jorge Ibargüengoitia, con lo que hizo una sutil aportación al imaginario de la literatura nacional.

Laville, quien en 2012 recibió el Premio Nacional de las Ciencias y Artes, falleció en Cuernavaca el 13 de abril 2018.

No sin antes dejar a su paso una importante huella en varios recintos donde expuso su obra, entre los que destacan el Museo del Palacio de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno y la Galería de Arte Mexicano.