Carlos Monsiváis, más que el testigo de México

Martes 04 de Mayo 11.04 GMT

 

Cuentan las diversas leyendas que Carlos Monsiváis nunca fue asaltado porque todas las veces que corrió el riesgo fue reconocido por sus asaltantes en un tono de respeto.

Perdónenos, señor Monsiváis, no lo reconocimos’, le decían.

Lo que sí es cierto, es que su recuerdo, y la re-lectura sus textos agudos, críticos, y en culpa por la pobreza ajena, a once años de su muerte, solamente refuerzan el reconocimiento de su importancia y su posición como imprescindible.

 

El periodista crítico

 

El cronista, narrador y ensayista, Carlos Monsiváis, nació el 4 de mayo de 1938 en la Ciudad de México, y antes de convertirse en este personaje imprescindible para entender el México contemporáneo, el joven Monsiváis estudió Economía, así como Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Desde sus años de estudio, el ávido e inquieto lector fue pluma colaboradora en revistas y suplementos culturales de la capital, además de ser actor de pequeños papeles en al menos 10 películas de cine transicional durante la década de los sesenta. Más adelante volvería a retomar esta faceta, ya que nunca perdió el cariño al séptimo arte que lo acompañó como estudiante y locutor.

Carlos monsiváis participó en al menos 10 películas, en las que destacan: 'Los caifanes', 'Las visitaciones del diablo', 'Emiliano Zapata', 'México de mis amores', 'Fonqui', 'La guerrera vengadora 2', 'Un mundo raro' y 'Acosada'. Foto: Museo El Estanquillo..

 

Durante la carrera y unos años después de su titulación, ya enfundado en el oficio de periodismo, donde radica la materia prima de las obras que establecen su magisterio, y fuertemente impactado por el golpe de Estado que estremeció a Guatemala en 1954, creó y condujo programas para Radio UNAM y se volvió director de la colección de discos de la universidad, Voz Viva de México.

Estos años le permitieron también ir elaborando sus primeros libros, donde destacan, Principios y potestades (1969), Días de guardar (1971) y Amor perdido (1976), este último basado en algunas figuras míticas del cine, la canción popular, el sindicalismo, la militancia de izquierda, los políticos y la burguesía mexicana. 

En otros trabajos, explicó el levantamiento zapatista desde las claves de la discriminación racial contra los pueblos indios y la falta de reconocimiento a sus derechos como minoría étnica. En otros más, defendió la causa de las mujeres sin ambigüedad alguna.

Monsiváis, definido a sí mismo como un intelectual de izquierda, respetado y leído por su esfera conteamporánea que incluye a Enrique Krauze, Fernando Benítez, Vicente Rojo, José Luis Cuevas y Carlos Fuentes, con quienes coincidió en revistas y suplementos como Estaciones, Medio siglo, Mester y la Revista de la Universidad, y La cultura en México, fue gestando sus palabras en la historia de la sociedad, unas alimentadas por la vivacidad social, la persecución y el sufrimiento del México de abajo, unas de crítico cultural dedicadas a poner el dedo en la llaga de las heridas sociales con fina ironía, fiel a reconocer la realidad como una interminable y profusa telenovela y novela.

Carlos Monsiváis junto a Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y Fernando Benítez. Foto: Museo El Estanquillo

 

En una de las mil odas improvisadas que le dedicó a la profesión, notificó que:

Te permite contemplar la realidad como una interminable, profusa, múltiple telenovela y además novela. Te permite conocer a gente sensacional y también conocer políticos para equilibrar. Te ayuda a relacionarte con los múltiples niveles de una sociedad tan profundamente injusta como lo es la latinoamericana, y además te permite la práctica de la escritura en condiciones difíciles que suelen terminar en tu contra, pero en las que tienes oportunidad, en ocasiones, de intentar la literatura. Entonces al periodismo le estoy agradecido.

 

Las amistades: Rius y Rojo 

 

El Museo del Estanquillo que comparte la colección de Monsiváis y que fue fundado en 2006, cuenta con más de 20 mil piezas entre las que destacan documentos históricos, pinturas, fotografías, caricaturas y maquetas. El recinto ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, también cuenta con decenas de cartas, dibujos y collages que documentan la relación entre Rius y el intelectual público, en la que la franqueza y sentido del humor los hizo entablar una profunda amistad en la que el cronista conoció de cerca el autodidactismo del monero, y que finalmente adpató con una formidable capacidad para comunicar y educar.

A este par, se les unen Vicente Rojo, pintor, diseñador, editor, y un notable caricaturista de obra íntima, breve e inédita, y Gabriel Vargas, creador de La Familia Burrón, una serie gráfico que inmortalizó a estos memorables personajes de la historieta mexicana que surgió de un matrimonio que Vargas conoció, integrado por una señora muy grande de volumen y un hombre muy pequeño de estatura; la mujer era mandona y el esposo se sujetaba a sus órdenes. Tras el encuentro con ellos, supo que ahí había una historia y los dibujó, aunque a la mujer la plasmó delgada y alta.

Bajo el mando de Fernando Benítez, quien dirigía el suplemento México en la Cultura, publicado por el diario Novedades, Rojo, Monsiváis, Rius, José Emilio Pacheco, y muchos otros artistas y literatos más coincidieron en esta canasta de talento y fueron encontrando el fogueo y el poder de la letras. Entre la amistad de los cuatro, cada uno en su terreno, a sabidas de que los opuestos se complementan, el rigor creativo y el caos creativo terminaron por complementarse entre ellos, haciendo que para mediados del siglo XX, la vida cultural mexicana viviera uno de sus momentos más extraordinarios y fértiles durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI.

El Monsiváis que fuera del periodismo y la izquierda, fue un prolífico de las bellas artes, que incluso, incursionó en el teatro y la música con el proyecto de rock Los Tepetatles.

Después de su regreso de Harvard a México, Carlos Monsiváis, en 1965, formó parte del proyecto de rock Los Tepetatles, organizado por Alfonso ArauFacebook: Museo del Estanquillo.
 

De esta forma, para 1958, Carlos Monsiváis, no como testigo, sino como figura central de los acontecimientos, se volcó a la descripción de juicios, opiniones ocurrentes y relatos llenos de ironía de las cosas que suceden en la vida dentro de la ciudad de los palacios, para ir definiendo su rigor cultural que tanto le respondió con el cariño de un público que lo siguió a través de la fama, el prestigio, el respeto y el reconocimiento.

Monsiváis vive

 

Carlos Monsiváis se encuentra en los libros que leía y coleccionaba, y aún puedes visitar su acervo de 24 mil obras que se resguarda dentro de la Biblioteca de México, en la Plaza de la Ciudadela, de la Ciudad de México.

Esas letras, a once años de su muerte, merecen atención porque recorren transversalmente a la literatura mexicana para darle una vigencia histórica y social más allá del texto mismo. Sirvieron de base para muchos de los enfoques culturales y sociales que continúan en México, también de provocación para observar la historia como un compromiso con el presente. Alientan la indagación sobre la cultura popular, su identidad, los procesos de ciudadanización, de rebeldía y resistencia, y reconocimiento del humanismo.

Para el periodista y fundador del periódico La Jornada, Javier Aranda Luna, Carlos Monsiváis fue una persona que conocía de todo, con una facha de arisco al que mucha gente le tenía miedo, pero que siempre fue un hombre muy generoso.

Así, por esas vías, y por el recuerdo de su forma de ser a través de los más cercanos a él, Carlos, un hombre de buen carácter, muy seco, pero que siempre se la pasaba bromeando, continuará siendo una celebridad extrañada en las aulas universitarias, en las casas editoriales, en los hechos, porque más que testigos, necesitamos de Monsiváis para entender qué es lo que nos está pasando.