De Cupido y otras historias: Símbolos del cortejo a través del tiempo

Domingo 14 de Febrero 12.47 GMT

 

Actualmente interactuar con alguien o generar nuevos vínculos es tan fácil como enviar un mensaje en redes sociales o hacer match en alguna aplicación de citas; sin embargo, para llegar a esta síntesis de interacción debieron pasar muchos siglos de tradiciones creadas alrededor del cortejo, los instintos primitivos y los preceptos sociales.

De este modo, desde la prehistoria, se establecieron paulatinamente ciertos patrones para conformar parejas con el fin de preservar y fomentar el cuidado de las tribus. Así nació la monogamia, y los acuerdos reproductivos.

Cuyos principios y su relación con la sexualidad evolucionaron al concepto del amor romántico posteriormente, como el de Cupido, que en la mitología griega representaba al dios del deseo amoroso, hijo de Venus, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad, y de Marte, el dios de la guerra.

Hasta citarnos en el siglo XIX, cuando el ritual de cortejo tuvo una de sus máximas expresiones al incluir actos ceremoniales y festivos, que contemplaban la intervención de más personas además de los enamorados.

En ese entonces, en las clases altas se acostumbraba que las jóvenes accedieran al cortejo impulsadas por sus familiares, y en torno a ellas se organizaban bailes, tertulias, y veladas; en donde las mujeres mostraban sus atributos físicos y sus habilidades artísticas, como tocar el piano o cantar.

Algunas de las acciones más comunes de la época, legadas del arte y la literatura del romanticismo, para mostrar interés hacia la otra persona consistían en soltar un pañuelo, agitar o cerrar bruscamente el abanico.

Si la mujer se encontraba sentada, podía abanicarse para acentuar el rubor en sus mejillas surgido por la mirada de algún pretendiente. No obstante, si la joven cerraba de manera tajante el abanico era prueba de no tener interés en quien la asediaba.

En cuanto a la indumentaria como código de coqueteo, se acostumbraba que si a una mujer le interesaba un hombre podía dejar caer su pañuelo, con el objetivo de que el joven en cuestión lo recogiese y se lo entregara; a partir de ello, incitar una interacción breve, pero contundente.

A estas prácticas se sumó la moda, que se relacionó a las prácticas amorosas debido a la carga ideológica detrás de la confección de nuevos vestidos. Que respondían a un cambio de percepción de la sociedad y al realce de nuevas personalidades de los hombres y las mujeres.

De los símbolos del cortejo también destacaban las “prendas amorosas”, que consistía en un intercambio de objetos personales como muestra de afecto entre dos personas, y que suplía actos tan íntimos como un beso. Que en aquella época implicaba un signo de acercamiento muy elevado, que no debía considerarse a la ligera.