Enriqueta Ochoa, la mística poeta que compartió la eternidad

Lunes 30 de Septiembre 13.47 GMT


Enriqueta Ochoa, la mística poeta que compartió la eternidad


Dicen que hay aspectos que uno lleva en las venas. Ese fue el caso de Enriqueta Ochoa, quien a los nueve años comenzó a escribir.

Su poesía la impulsó la religión, los sueños, las sensaciones humanas, el misticismo y la muerte.

Aunque también fue una lectora voraz de cuanto texto tuviera en frente, especialmente de literatura clásica.

Sus escritos eran íntimos y con un estilo definido, siendo ejemplo fehaciente de que el arte es capaz de sublimar los más profundos dolores.

Sin duda, una mujer excepcional que destacó como escritora, periodista y docente.

Religiosa y mística 

 

Nació el 2 de mayo de 1928, en Torreón, Coahuila, tuvo cinco hermanos y su padre era un hombre libre, en distintos sentidos.

Debido a esto permitió a sus seis hijos vivir sin religión alguna, hasta que ellos tomaran su propia decisión. 

Fue así como Enriqueta ya en la adolescencia, decidió acoger al catolicismo, aunque siempre sostuvo su inclinación por lo esotérico.

Tuvo una educación privilegiada, sus profesores particulares la instruyeron en francés, inglés, música, literatura y poesía.

Entre sus amigos se contaron Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Dolores Castro, Pedro Coronel, Dámaso Alonso y Gabriela Mistral.

Se casó con el diplomático François Toussaint con quien tuvo una hija Marianne, quien también se dedica a las letras.

Impartió cátedra en distintos sitios, entre ellos la Universidad Nacional Autónoma de México.

Y llamó “avalancha de muerte” a los fallecimientos cercanos en tiempo de su madre y padre.

Después, vendría el suicidio de su hermana y el fallecimiento por complicaciones de alcoholismo de su hermano.

Entre sus libros se encuentran El desierto a tu lado, Los himnos del ciego, Las vírgenes terrestres y Asaltos a la memoria.

Ochoa hablaba de la existencia de un pozo de misterio, al cual solo pueden acceder el místico y el poeta.

Murió el 1 de diciembre de 2008, y pidió que sus cenizas descansaran entre las jacarandas que tanto le gustaban.

La eternidad mece, ondula, abre de par en par su túnica de viento; en el espacio de su seno esplende una constelación de luz acumulada.

Fragmento de poema eternidad