Duke Ellington, un conjunto de piezas que no toman forma definitiva

Jueves 29 de Abril 10.23 GMT

 

Explicar a Duke Ellington no es fácil.

Si nos vamos a los conceptos básciso, The Duke, que nació el 29 de abril de 1899 en Washington como Edward Kennedy Ellington y que comenzó a componer en 1926, fue arreglista, compositor, pianista, director de orquesta, y líder de una de las big bands más importantes de todos los tiempos.

Pero si nos vamos al detalle, a las intenciones detrás de las decisiones, Terry Teachout, biógrafo y bloguero, autor de Duke, A Life of Duke Ellington, nos diría que a pesar de todas las piezas y facetas que conocemos del músico, éstas no serían suficientes o capaces de dar una forma definitiva al personaje, y por eso explica a Duke Ellington como lo haría a la creación de música, es decir, una persona en constante metamorfosis, siempre desarrollándose, nunca dejando de evolucionar, fiel al género del cual se coloca como estandarte, el jazz, uno siempre cambiante, sin un orden determinado.

Por ello, preguntar en dónde radica la verdadera influencia de Ellington para la música resulta en una respuesta igual de compleja que preguntar quién era.

El color y la armonía eran dos de las características más distintivas de Ellington, no la melodía, ya que, en términos de color, no había existido un compositor de jazz que utilizara el color instrumental con la misma sofisticación que un compositor clásico, como el compositor francés Claude Debussy o Maurice Ravel, en el específico caso de Duke Ellington, los colores no eran intercambiables, sino dependían fielmente de los hombres que los tocaban.

Para explicar estos conceptos, Billy Strayhorn, su colaborador desde hace mucho tiempo, decía que cuando se piensa en un saxofón alto, uno se puede imaginar a Johnny Hodges y en su forma, ahora, multiplique eso por 17 y tendrá una idea de la complejidad del color que abordaba Duke.

Strayhorn continuaba explicando que "Ellington toca con honores el piano, pero su verdadero instrumento es la orquesta."

El biógrafo Teachout mencionaba que, por lo general, una big band tiene alrededor de cuatro saxofonistas: uno que juega la línea principal, pero Ellington no opera de esa manera, ya que mezclaba las secciones en lugar de usarlos por separado. Cambiaba también al músico líder. Por ejemplo, en la canción Satin Doll, el jugador principal no es el alto, sino el saxo tenor, y con esos detalles, parte el por qué el enfoque colorista de Ellington a la escritura orquestal es tan difícil de entender.

Así, con esa complejidad, podemos aterrizar un poco las miles de piezas al aire que simbolizan a Ellington, porque no escribía para la Filarmónica de Nueva York, ni para un grupo anónimo de músicos, lo hacía para esos hombres que lo acompañaban tanto en su banda como en el recinto donde se presentaban, y así cobrara su fuerza como músico, volviéndose inclusive colaborativa en formas que no siempre le gustó reconocer.

 

Diahann Carroll, Duke Ellington y Louis Armstrong en Paris Blues. Fuente: Morrison Hotel Gallery.
 

Un inicio que explica las mil formas de Duke Ellington

 

Su carrera profesional tomaba forma rumbo al diseño comercial, pero en 1918, la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP) le otorgó una beca estudiantil para estudiar arte en Nueva York, y en ese mismo año, gracias al apoyo que lo impulso dentro del corazón de la ciudad donde las cosas sucedían para los músicos. Se casó y tuvo un hijo que le hizo repensar el futuro de su carrera.

Tras el fin de la beca, Duke regresó por muy poco tiempo a Washington, antes de mudarse de manera definitiva a Nueva York en 1923 con sus amigos músicos Otto Hardwick y Sonny Greer, quienes ya se habían hecho de fama local por tocar cotidianamente música de baile con esencia exótica y candente en los bares recién abiertos de Harlem, donde Ellington pudo reconocer sus dotes como líder de orquestas pequeñas.

Algunos ejemplos de estos éxitos incluyen las canciones East Saint Louis Toodle-Oo.

 

 

De acuerdo con la historiadora, Ted Gioia, para 1927, Duke estaba siendo parte de un cambio, ya que los negocios para bailar en los barrios de Nueva York, como el Savoy y el mismo Cotton Club, que además no excluían al público blanco, servirían de escuelas para el futuro de la música en Estados Unidos.

“La supremacía de Duke durante los años del Cotton Club no solo le permitió a la genta negra y blanca sobrellevar la llegada de la Depresión, sino incluso prosperar en una época en la que la mayoría de los directores de bandas tenían que reducir personal”, escribió Gioia.

La década de 1930 le trajo fama, reconocimiento, y apertura al chico que nació en Washington. Estuvo presente en películas de Hollywood y hasta en la Casa Blanca bajo invitación del presidente Herbert Hoover, un acto inaudito para un músico negro en aquel entonces. También en estos años grabaría uno de los epítomes del jazz, Caravan, compuesta por el trombonista Juan Tizol, quien vendió los derechos de su canción por 25 dólares a Ellington sin conocer su verdadero valor. Esta canción se oye en la película Whiplash (2014) de Damien Chazelle.

 

 

 

 

“Cuando la música swing y el baile se convirtieron en una obsesión del público estadounidense a fines de la década de 1930, Ellington permaneció por encima de todos y siguió su propio camino”, describe el sitio del Instituto Smithsonian y Smithsonian Jazz.

En los años por venir, especialmente entre 1947 y 1955 con la crisis económica post-Segunda Guerra Mundial, las big bands, aunque lograrían sostenerse económicamente con regalías, dejaron de ser tan redituables, debido a que el swing comenzaba a perder su popularida. En este tiempo, Ellington compuso aún movimientos largos como Do Nothing till You Hear from Me de 1943 y The Perfume Suite de 1945, mientras algunos miembros importantes de su banda se fueron a otras.

Lo que quedaba para Ellington no era más que reinventarse, y así lo hizo en 1956 cuando se presentó en el Festival de Jazz de Newport, donde interpretó Diminuendo and Crescendo in Blue, original de 1937, en una presentación considerada como uno de los 50 momentos más grandes del jazz.

Un legado vivo

Ellington no era un escritor natural de melodías, como tampoco lo fueron Beethoven o Stravinksy. Ellington tuvo el oído para escuchar cuando Johnny Hodges lanzó un riff que podría convertir en una canción pop, y también el sentido compositivo de saber tomar estos 8 compases y convertirlos en una canción de 32 compases que se convierte en un éxito inmedito.

A pesar de que esta gran figura del Ragtime y el Jazz murió el 24 de mayo de 1974, apenas estamos comenzando a desmenuzar todo el material que acumuló en la segunda mitad de su vida.

Y es que cuando realmente empiezas a comprometerte con Ellington pieza por pieza, se puede empezar a relacionar su sonido con su vida, algo que se debe hacer, porque para entenderlo, la música es la biografía, el diario de su vida, y conocer su vida es llegar al fondo de su música.

Duke creía en el aislamiento mental, no en el aislamiento físico. Su fascinación fue crear con alguien cerca de él, en el piano del bar mientras alguien limpiaba o escuchando a los vecinos. Por eso su música está plagada de un profundo sentimiento de intimidad fraterna que sigue siendo un bálsamo para el oído y el alma.