Todo sobre la belleza femenina en la Edad Media

Martes 30 de Marzo 05.00 GMT

 

La búsqueda de la belleza ha sido, es y será una constante en el ser humano. Justo por eso es importante ahondar sobre la evolución del concepto de belleza a través del tiempo y el cómo influye en nuestras vidas.

Lo primero a saber es que existen dos tipos de belleza corporal: la belleza natural y los rituales que cada día aplicamos al cuerpo para transformarlo y cumplir con los dictados de la moda. Dicha transformación es nuestra carta de presentación y define nuestro estatus dentro de la sociedad.

Mujeres y hombres de diversas épocas han realizado infinidad de rituales para alcanzar el canon de belleza establecido en determinado momento de la historia.  

El canon de belleza femenino ha variado (y bastante) de una época a otra, oscilando entre el aspecto aniñado y la voluptuosidad de la mujer.

En el caso de la Edad Media, con el asentamiento del cristianismo, los placeres mundanos pasaron a un segundo plano y las siluetas de las mujeres se estilizaron.

El ideal de mujer tenía aspecto aniñado, pálido, delgado, sin caderas, con el pelo rubio y el vientre un poco hinchado.

Una de las prácticas más comunes en aquella época era el que las mujeres se rasuraran el nacimiento del cabello en la frente para que diesen sensación de tener caras más alargadas.

Las mujeres con caras ovaladas, busto pequeño, ojos y nariz pequeños y labios carnosos eran las que contaban con la belleza ideal en aquel momento.

 

En cuanto a la moda femenina, la vestimenta fue extremadamente recatada ya que el cuerpo de la mujer fue considerado como un instrumento de provocación de pecado.

En la Edad Media la belleza física era una cualidad, pero esta era etérea así que hacían énfasis en que lo que permanecía a través del tiempo era la belleza espiritual, la pureza del alma.

De dicha época destaca el completo desuso de maquillaje, solo unas cuantas mujeres se atrevían a usarlo y bastante medido, ya que el hombre de la Edad Media rechazaba que se manipulara la naturaleza, aunque solo fuera el pintar la cara de una mujer ya que dicho ámbito dependía por completo de Dios y el hombre no tenía ningún derecho a modificarla.

Pero para conocer un poco más sobre los cánones de belleza de este periodo, analicemos a dos famosas mujeres. 

 

Isabel I de Inglaterra

Por varios años la belleza de la llamada Reina Virgen fue mucho más célebre que sus dotes como gobernante, pero esta se esfumó cuando enfermó de viruela.

Su célebre belleza, admirada por todas las cortes de Europa, se acabó debido a las cicatrices que le dejó la enfermedad, pero lo más grave no era esto sino que pondría en entredicho su incapacidad para seguir gobernando por su debilitado aspecto.

Gracias a comerciantes venecianos, la Reina encontró en una vieja receta cosmética la solución para arreglar su dañada apariencia física: el ceruse veneciano, una mezcla de vinagre y plomo que brindaba a su piel una apariencia de hermosa porcelana.

El problema de este maquillaje era su toxicidad debido a la alta concentración de plomo, pero para Isabel I contar con un aspecto radiante y blanco era crucial ya que esto simbolizaba juventud y fertilidad.

A partir de este momento la Reina Isabel I decidió nunca más volver a aparecer en la corte sin maquillaje ni peluca, pues su larga cabellera roja también fue cortada durante su enfermedad.

 

Isabel la Católica

Isabel la Católica reinó a finales de la Edad Media y hay muchos mitos alrededor de ella en cuanto a su belleza y rituales de belleza.

En aquella época hay que recordar que las mujeres no acostumbraban a maquillarse y en el caso de este reina que era tan católica, cumplir con tener un aspecto recatado era de suma importancia.

La esposa de Fernando de Aragón era una mujer de cara hermosa, tez blanca, rubia y ojos entre verdes y azules.

A lo largo de los años, diversos historiadores han intentado acabar con el mito de que era sucia y que olía muy mal debido a que no se bañaba.

Documentos históricos hacen referencia que era tal su pulcritud y el lujo con que vestía que su confesor, Fray Hernando de Talavera, le recriminaba el exceso de cuidado que daba a su cuerpo y le censuraba tales vanidades.

Es posible que al final de su vida su cuerpo produjese un fuerte olor debido a las úlceras que padecía, pero siempre cumplió con los estándares de belleza de la época en la que vivió.