Fotografía

Lo que se asoma después de la muerte. Instantáneas sobre Zofia Rydet

Autora: Frida Sosa

I

Finales del siglo XX. Una mujer, Zofia Rydet, decide hacer una visita a un asilo de ancianos. Ella es fotógrafa, o lo ha sido los últimos cincuenta años. Encuentra buena compañía entre los viejos. Con el tiempo, esta mujer se acostumbra a conversar con ellos. Los conoce, los ama. Las conversaciones a veces duran horas, días. En realidad no son mucho más viejos que ella. Es sólo que han tenido vidas un poco más accidentadas; las circunstancias a veces son muy difíciles, sobre todo después de la guerra. La vida no ha sido fácil, no en Polonia, no con esos ancianos, no para Zofia Rydet. A menudo piensa en quedarse con ellos. No está mucho tiempo cerca de sus personajes, de esos hombres y mujeres que retrata, pero hacen buena amistad.

Un día, finalmente, decide volver a casa. Recorre otros lugares, igual de fríos y devastados. A veces sólo se sienta a mirar tras la ventana de su casa de madera y contemplar el frío panorama de la aldea en que vive. Nunca abandona Polonia. No hay registro de otro país en sus fotografías. Hay casas, muchas casas de extraños en cuyos muros no existe otra cosa que la memoria; de ahí cuelgan viejos retratos, pieles de animales muertos y cientos de objetos que reflejan la vida entera. Fotografía incluso las fotografías que las personas guardan en sus casas, sus amigos, sus familiares, como uno de esos túneles de espejos.

Cuando por fin decide regresar al asilo, un año después de haber partido, todos los que allí habitaban han muerto. Cuando menos quedan las imágenes, los recuerdos. Sólo existían diez seres humanos en ese asilo. Ahora existen otros, pero no conoce a nadie. Nadie sabe decirle nada. La vida de estos hombres se ha extinto. Cuando menos, queda el recuerdo.

II

En una de sus fotografías, titulada “El Holocausto”, Zofia Rydet retrata a un hombre que se cubre los ojos; detrás de él, pájaros negros vuelan para aterrizar en un campo seco, olvidado. Su serie El mundo de los sentimientos exhibe a un maniquí desnudo y angustiante en primer plano, ante columnas anchas, grises, ante nubes negras y una piedra tallada con un símbolo quizá sólo conocido por unos cuantos iniciados. Zofia, más que hacia la angustia nos lleva al límite del desasosiego.

Rydet tuvo en su infancia una mercería, la tienda de hilos y listones de su abuela. Texturas, sensaciones. Quizá fue un principio. ¿Se parece en ello a Louise Bourgeois con todos esos recuerdos de una infancia a la vez sencilla y completamente profunda, oscura? Contemplar las fotografías de Zofia Rydet es vagar por un mundo de personajes muertos, ver tras la puerta de un cementerio todo lo que se ha quedado allí, en esa calma aparente y que quizá sólo la memoria podría restituir. Restitución quizá sea la palabra adecuada para referirse al trabajo de Rydet. Así, observar los rostros de ancianos llenos de grietas, los dientes carcomidos como manzanas viejas, la fascinación por los objetos olvidados, rotos, descoloridos, que cuelgan en las paredes de personajes muertos, la hacen una persona con una peculiar visión del pasado. Sus imágenes reconstruyen el mundo del otro y lo hacen completamente diferente. Son metáforas, palabras que suenan a soledad y destrucción. He pensado que tiene alguna cercanía también con Hannah Höch. Quizá por todos los fragmentos reencontrados. Aquí los gestos de los solitarios tienen un sonido apesadumbrado, triste. El trabajo de Rydet mueve el orden de los seres que viajan en sus imágenes, los mueve como en túneles, los arrastra en dunas, los pasea por parajes nebulosos. Todos los seres humanos buscamos re ordenar nuestros universos. Movemos piezas.

III

La fotógrafa Rydet busca dar vida con sus imágenes a un mundo en extinción, personajes silenciosos, edificios abandonados, cuerpos mutilados por tijeras que ella ocupa para darle otra realidad a un foto-collage que terminará por formar la imagen. El collage se convierte en el juego que le devuelve un poco de sosiego a un buscador desmemoriado.

Qué bella empresa, la de Ryder, ir por el mundo, cámara en mano, atrapando rostros. Qué empeño tan más noble, el del fotógrafo, el de Zofia, de guardar (para que en algún momento otro ser humano la conozca) la existencia de un anciano, de las aves, de niños, mujeres bellas, animales, piedras, bodegones. Ordenar el mundo. Mezclarlo, como un niño ansioso por explicarse las nubes y el sol. Luces sepias, tardes cenicientas; el color estalla, la luz nos habla de lo que viene, tal vez la muerte, quizás una vida larga… El después. Lo que viene tras la guerra. Lo que se asoma después de la muerte.

El trabajo del artista es hablar del mundo, de sí. Ryder conjuga. Se conjuga. Es como un antiguo escribano de imágenes y símbolos. La decadencia de los cuerpos se desviste, reposa, toma fuerza. Estos cuerpos olvidados, que parecen recluidos en un tiempo lejano y fuera de las grandes urbes, salen, se llenan de una luz distinta. La fotografía se realiza, es, existe, porque existe para ella un lenguaje único.

Frida Sosa (Oaxaca, 1992). Fotógrafa de tiempo completo
Texto publicado en Avispero.

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