Cultura

Una nueva realidad

Cuando vivimos un duelo, lo que hacemos es un trabajo, el trabajo de aceptar una nueva realidad. El duelo, como tal, es imprescindible para nuestro proceso de crecimiento personal, para nuestro aprendizaje, para nuestra evolución espiritual.

Un duelo se presenta ante una pérdida. Al hablar de pérdida, me refiero a cualquier tipo de pérdida. Puede ser desde la pérdida de un ser querido, la pérdida de algo material o la pérdida de algo intangible; como por ejemplo, la confianza. Cualquier pérdida da lugar a un cambio y todo cambio trae consigo un duelo. Según Jorge Bucay, autor del libro “El Camino de las Lágrimas”, “perder es dejar algo que era para entrar en otro lugar donde hay otra cosa que es y que no es lo mismo que era”.

Aceptar la nueva realidad es un proceso difícil ya que estamos acostumbrados a tener miedo al cambio, a lo nuevo, a lo desconocido. Asimismo, se nos dificulta porque estamos en gran parte educados a vivir con miedo, con apego a lo material, apego al ser querido, y precisamente el apego es la raíz del dolor. A mayor apego, mayor dolor. El apego es justamente lo contrario al amor incondicional, el apego es una emoción egoísta. Si desde pequeños, nuestros padres nos enseñaran a cultivar el amor incondicional, a vivir con desapego, a aceptar las cosas como son, a tomar retos, a vencer el miedo, entre otros, nuestros procesos de duelo serían menos dolorosos.

La herramienta ante el sufrimiento y el dolor es el desapego. Cultivar el desapego nos libera, soltar nos hace libres. No soltar es la muerte.

En nuestra existencia terrenal hemos aprendido a identificarnos con la forma, con lo tangible, lo que podemos ver. Es a esto a lo que le damos importancia y al dirigir todos nuestros sentidos a lo anterior, olvidamos sentir, percibir, y recordar que tenemos la capacidad de controlar nuestros pensamientos. Entonces, el darnos cuenta de que lo que estaba ya no está, o lo que era ya no es, nos causa sufrimiento porque ya no lo podemos ver, ya no lo podemos palpar. Estamos apegados y nos sumimos en el sufrimiento. Si por el contrario, comprendemos que todo está en cambio constante y aprendemos a vivir con desapego, nuestro sufrimiento ante una pérdida sería casi nula.

Nuestras creencias también juegan un papel importante ya que nos condicionan y nos limitan. Nos condicionan y limitan a creer que no podemos continuar por la vida sin esto o aquello. Al reconocer que somos creadores de nuestros pensamientos y de nuestras creencias caemos en cuenta que también podemos modificarlos o eliminarlos y de esta forma podemos ayudar en gran escala a reducir el sufrimiento.

Es verdad que el proceso de aceptación de una nueva realidad trae consigo una variedad de emociones que si bien no son placenteras, son totalmente normales, saludables y necesarias para lograr el aprendizaje, el crecimiento personal y la evolución espiritual.

Por lo anterior, cuando nos encontremos en un trabajo de duelo o lo que sería igual a un trabajo de aceptación de una nueva realidad, se recomienda:

Evitar reprimir las emociones. Expréslas, vívelas, compártelas. Si el llanto aparece, es necesario dejarlo fluir. Las lágrimas limpian el alma y liberan la tensión interna producida por la pérdida.

Vivir un día a la vez.

Ser amable contigo mismo. Date tu tiempo. No te apresures o presiones creyendo que ya te deberías sentir mejor. No te juzgues.

No seas “fuerte”. Para disolver las emociones es necesario vivirlas, abrazarlas, permitir que atraviesen por nuestro ser para luego sacarlas. Si “eres fuerte” no permitirás que fluyan a través de ti, se atascarán y bloquearán tu sistema.

Descansa.

Pide ayuda. Pedir ayuda nos hace humildes. La humildad es una virtud.

Aprende a vivir de otra forma. Abre tus pensamientos, abre tus creencias. Las opciones son ilimitadas.

Vuelve a tu fe. Haz contacto con tu Dios, con tu maestro interior para aceptar los cambios, ver las opciones y las puertas que se abren ante ti.

Recuerda que no estás solo, que en esta existencia hay miles de seres viviendo distintas experiencias para crecer y aprender. La manera como las vivimos determina quiénes somos y dónde nos encontramos. ¿No crees que vale la pena poner un esfuerzo para aprovechar de ellas y dar un salto en nuestra evolución espiritual?

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