Cultura

Retrato de cortesana con jardín al fondo

El hedonismo, como la idea misma de una filosofía del placer, no tarda en despertar reservas, en rodearse de vacilaciones y condenas. Ya sea porque el deseo se representa como una energía indomable, cuyo desbordamiento amenaza el orden establecido, ya sea porque nos inclina hacia los “bajos” placeres, apartándonos del camino de la abstracción y su pureza, quienes optan por cultivar el disfrute y defenderlo —antes que someterse al potro de tortura de la austeridad y el ascetismo— corren el riesgo de ser tachados de ligeros, de pensadores vivales, cuando no de francamente peligrosos.

Aristipo de Cirene, el filósofo hedonista por excelencia, perteneciente al linaje de Sócrates, no sólo fue borrado de la discusión por sus contemporáneos idealistas —Platón en primer lugar—, sino que, a causa de la desaparición de sus libros (sólo en fechas recientes Michel Onfray completó la doxografía de la escuela cireniaca, que permanecía en las sombras) terminó relegado a un rincón vergonzante de la historia de la filosofía, confundido con la figura del juerguista o el sibarita, simplificado como el provocador alegre o el frívolo exquisito pero insustancial. Y otro tanto podría decirse de Epicuro, un filósofo reivindicado una y otra vez por Nietzsche en razón del lugar central que confiere al cuerpo en el contexto de una práctica del bienestar, y quien al dar la espalda a la Academia platónica y oponerse a la idea de la filosofía como un aprendizaje de la muerte, será acusado en su época —pero también en la nuestra— de tomar como modelo al cerdo, de procurar goces groseros y triviales, de ejercer un pensamiento del bajo vientre, literalmente porcino, indigno de las gélidas alturas del pensamiento…

Si para discutir la posibilidad de una filosofía del placer nada sería más apropiado que remitirse a esos autores fundacionales, o bien concentrase en la obra contemporánea de Onfray, autor no sólo de un manifiesto hedonista, sino de una contrahistoria de la filosofía elaborada desde la primacía del placer, prefiero dejarme vencer por la tentación de escribir más bien sobre Lais de Corinto, cortesana que vivió en la época de Pericles y sedujo a un número nada despreciable de filósofos —aun cuando aseguraba que le eran indiferentes sus textos y enseñanzas—, y quien más tarde fundaría un Jardín de la Elocuencia y Arte del Amor, auténtico enclave hedonista, rincón de paz y deleite que antecede y acaso explica el mucho más célebre de Epicuro.

En la Grecia clásica se distinguía entre las prostitutas comunes (mujeres a la venta) y las heteras (cortesanas o compañeras); estas últimas gozaban de mayores privilegios incluso que las esposas legítimas, confinadas respetuosamente al hogar. Sin dejar de ser una mercancía sexual, las cortesanas eran también acompañantes espirituales y debían valerse de su belleza y sabiduría para cautivar a los políticos y a los jóvenes adinerados. Su refinamiento las hacía objeto de idolatría y veneración, como si rozaran la estatura divina; en cada ciudad de Grecia había por lo menos un altar dedicado a las heteras pero ninguno a la figura de la esposa.

Sacerdotisas del placer, iniciadoras de un culto hedonista, las cortesanas participaban en todas las esferas de la vida pública: de la política al urbanismo, de la música al arte del maquillaje. Se dice que Aspasia de Mileto dictaba los discursos a Pericles —con frecuencia debajo de las sábanas—, y el propio Sócrates se vanagloriaba de haber sido alumno de Diotima de Mantinea, reconocida hetera que le habría transmitido su filosofía del amor. A diferencia de las prostitutas de bajo rango, que vivían en la estrechez, soñando con comprar su libertad, las cortesanas gozaban de un éxito financiero que quizá ninguna otra mujer de la época llegó a conocer y que les permitía dedicarse a actividades distintas de las meramente sensuales.

Los placeres que satisfacían eran variopintos y, puesto que no se limitaban a lo físico, cabe calificarlos, con toda vaguedad, de estéticos. Eran bailarinas expertas, dominaban las técnicas del masaje y sabían tocar cuando menos un instrumento musical, principalmente la flauta y el trigonon —pues ya se sabe, como decía Menandro, que “la música incita el amor”. También, gracias a que sus cuerpos sirvieron muchas veces de modelo para representar a las diosas, conocían de cerca los secretos de la pintura y la escultura. Como el tiempo suele ser benévolo con la belleza de las piedras, hoy es más fácil conocer la apariencia de aquellas mujeres que la de los artistas que las retrataron.

En Grecia hubo muchas cortesanas de nombre Lais cuyas historias se enredaron como los haces de una trenza hasta parecer una sola. Los eruditos han distinguido por lo menos a tres que fueron célebres. De una de ellas, natural de Corinto, se sabe que fue aprendiz de Aspasia y era considerada la mujer más bella del mundo. La fama de su atractivo pronto se extendió más allá del Helesponto; los hombres más poderosos y ricos viajaban largas distancias dispuestos a pagar lo que fuera para gozar a su lado. La devoción que despertaba era tal que había quienes compraban sus deyecciones.

Aunque en cierta ocasión sedujo a Diógenes el cínico y lo arrastró fuera de su ánfora para yacer con él, su amante habitual era Aristipo, con quien compartía la costumbre de cobrar fuertes sumas a cambio de sus servicios. Mercenarios y lujuriosos, ricos y envidiados, seres al fin y al cabo de la misma raza, Lais y Aristipo formaban una pareja única, tan egoísta como suntuosa (él le dedicaría un par de diálogos que, como el resto de sus escritos, no se conservaron: A Lais y A Lais acerca del espejo). Aristipo, para quien el placer constituía el mayor bien, no importa qué tan adversos o indeseables fueran los medios para conseguirlo, encontraba en Lais a la compañera ideal, la más bella, la que prometía el placer incomparable, con la cual no corría el riesgo de sentirse atado por la esclavitud del amor o por la más prolongada del matrimonio (las heteras no podían contraer nupcias con ciudadanos).

Puesto que el problema ético de la sexualidad griega se ceñía fundamentalmente al control de la intemperancia, toda meretriz vivía de hacer vacilar la frágil estabilidad de la prudencia; la naturaleza misma de su oficio las convertía en sirenas ubicuas con las cuales incurrir en exageración y en extravío, lo que las llevó a convertirse en personajes recurrentes de la comedia. Anaxilas expone que frente a las prostitutas, “esas desordenadas criaturas”, la Quimera y la Hidra, la Esfinge y las Harpías son seres menos abominables y devastadores; mientras que Aristófanes compara a Lais ni más ni menos que con la hechicera Circe, por su capacidad de convertir a los seres humanos en cerdos.

No se sabe si había aprendido a manejar a su antojo los secretos del placer con el fin expreso de esclavizar a los hombres, pero durante sus años de esplendor Lais se valió de la perdición de una serie de desdichados para fundar en Corinto su Jardín de la Elocuencia y Arte del Amor, un rincón majestuoso y exuberante que a su manera fungía como contraacademia, como guarida para el disfrute sensible, y en el que no era raro encontrar al mismísimo Platón pasearse entre las flores. La escuela de Lais era de una magnificencia nunca vista, acerca de la cual los griegos comentaban: “Atenas puede vanagloriarse del Partenón; Corinto, del Jardín de Lais”. Allí, cada bloque de mármol, cada columna y escultura tallada provenían de la excitación masculina.

Ya fuera por la liberalidad con que practicó su profesión, ya porque su vejez estuvo marcada por la ebriedad y la insolencia, Lais fue para sus contemporáneos motivo constante de estupefacción y alboroto. Desde joven asumió su belleza como una puerta hacia la autarquía, y todos sus encantos los desplegó con el fin de perseverar en un camino de libertad desconocido para la mayoría de las mujeres de entonces; un camino que, por inusual y provocador, sería también poco transitado. En una época en que el pensamiento no estaba disociado de la conducta y en que las discusiones morales de un filósofo no eran independientes del régimen que se imponía en materia de placeres y abstinencias, la hermosa Lais fue una tentación y un símbolo, sirvió de pararrayos y de contraejemplo; su cuerpo fue la arena donde la abstracción descendía de sus alturas para someterse a una de las pruebas más arduas y deleitosas de la historia de la filosofía.

Pero allí queda, además, la construcción de su jardín, ese enclave de libertad consagrado al aquí y ahora, versión palpable del paraíso terrenal que no pocos han interpretado como un burdel, pero que más bien vale como una arquitectura de la autonomía. Aunque no se sabe con precisión cómo estaba organizado ni cuáles eran sus reglas, no es imposible que se basara, al igual que el que después fundaría Epicuro, en los principios de la comunidad electiva, en la búsqueda del bienestar compartido a espaldas del Estado y, más que entregarse al estudio de las realidades suprasensibles, fuera su necesario antídoto: un recinto del goce y para el goce (a diferencia de la Academia, era desde luego mixto), un lugar para reconciliarse con el instante, un rincón jubiloso, si se quiere acotado y efímero, para reinventar la vida desde la centralidad del placer.

 

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