Cultura

Perder piso

<Le tomó tiempo ocupar ese lugar. Tenía talento, dio los pasos adecuados, expuso y consiguió atención de la crítica y vendió bien; pasado el tiempo, mejor. Lo invitaban a los grandes eventos culturales, era el consentido de las empresas, de los gobiernos. En prensa se comentaba sobre su obra y sobre él, tanto en el extranjero como en el país. El artista gozaba leyendo sobre sí mismo, internet le dio la posibilidad de tener acceso a todo comentario, crítica o foto que apareciera. Pasaba largas horas en ello. Fue cuando empezó a flotar. Primero fue una pulgada; gozó hacer ciertas piruetas y la ligereza de su cuerpo que de brindis en brindis, comida en comida (pues hay que aclarar que tanta preferencia le había costado sentarse a la mesa y alternar con otros), se había expandido considerablemente. A las semanas, búsqueda tras búsqueda de comentarios sobre su persona, aquella elevación del piso continuó. Entonces se le dificultó trabajar en los lienzos que seguían en su sitio. Pidió a su sirviente que afianzara el lienzo a cierta altura en la pared y que colgara del techo una canasta con el material de trabajo. También se las arregló para que su Ipad estuviera a mano en una especie de hamaca en miniatura. Siguió elevándose al estrecho cielo de su habitación y fue tan difícil seguir pintando sin estar sobre la tierra que abandonó el empeño, pero no el rastreo de comentarios sobre sus logros. Cuando dejaron de escribir sobre él (la prensa incluso sospechó que había muerto), cayó súbitamente al piso y se rompió la muñeca. De nada le hubiera servido su mano sana, pues todos sus enseres se habían quedado allá arriba, solos, dejados a la buena de dios, que en ese momento ya no era el pintor. >

Me asombra siempre la carga de sabiduría del lenguaje figurado. Perder piso es una expresión muy acertada. ¿Qué haríamos sin esas formas del lenguaje que nos ilustran sin necesidad de explicaciones aburridas? Son imágenes y apelan al sentido metafórico. Sentar cabeza, echar raíces, andar en la luna. Son nuestra poética de vida, nuestro asidero. Lo terrestre siempre alude a lo concreto, a sembrar, cultivar, cosechar. Andar volando acarrea sus riesgos y peligros. Lo soñador no siempre es atributo. Inflarse de elogios sustituye las razones originales y es sólo aire lo que mantiene a flote. Vivir de elogios, comer de ellos, necesitarlos. El artista siempre se debate entre su ego y su humildad. Pareciera que el esfuerzo por llegar a un sitio obligara a un reconocimiento público, y no falta sinceridad en ese deseo. Aunque el reconocimiento no siempre es justo.

Cultivar el ego es despegarse de la verdad. Así se escriba para que los demás nos quieran, como afirmaba García Márquez, lo que hay en la escritura es la necesidad de comprender, de compasión. Las palabras de William Faulkner al recibir el premio Nobel son precisas.

“(El escritor) le mostrará a cualquiera que se tome la molestia de leerlo, que hay lástima, injusticia, que hay aspectos en la condición humana que debieran cambiarse, rectificarse, de no ser posible, debieran ser contemplados con piedad y compasión, que es una parte de la belleza también, la capacidad de compasión, porque la piedad es para mí igual de espléndida que la capacidad de ser valiente, de ser heroico.”

Pienso en el extreme del reconocimiento que es un premio como el Nobel. ¿Qué debe hacer el artista para no perder piso? Para que tenga sentido la lucha a brazo partido con la búsqueda de la belleza que es el arte, el riesgo y la vulnerabilidad permanentes. Nada fácil, porque el mundo ha puesto un marbete de excelencia y las expectativas son enormes. ¿Cómo puede ser el artista fiel a si mismo y satisfacer esas expectativas? ¿Cómo puede permanecer la sinceridad con que abordar una empresa difícil, donde se suda sangre, donde no hay certeza?

La certeza es el peor enemigo del artista y quizás de cualquiera en la vida. Una cosa es haber cosechado un enjambre de frases cuyo sentido figurado proviene de sabidurías heredadas, otra saberse el camino: pasarse de lanza. Una posibilidad es someter al ego, de alguna manera nacer para cada acto creador con brío pero malicia añejada. La suficiente para no perder piso. Otra opción es engordar y flotar.

 

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