Música

La destrucción de la armonía

Una escena: alguien camina debajo del puente de Municipio Libre, en la colonia Portales, en medio de una noche densa. Conforme va dejando atrás el barullo de la inagotable Calzada de Tlalpan, se acerca a la barahúnda provocada por uno, tres o, quizás, diez músicos que unos pasos adelante están concentrados en una destrucción, como un puñado de personas taladrando el asfalto en búsqueda de algún tesoro.

Otra: alguien batalla para encontrar el timbre adecuado hasta que alguien más, detrás de él, le indica que es aquél, el más escondido. Pasan a una vecindad, al fondo a la derecha, y entran a un diminuto lugar apenas iluminado por una lámpara de pie y lleno de humo de cigarrillo. Veinte, treinta personas escuchan a tres músicos —pongamos un saxofonista, un guitarrista y un percusionista— que, así decía la invitación, están improvisando. El público pone mucho cuidado en no hacer ruido con sus vasos, en no toser o estornudar. Los sonidos son muy delicados y parece que podrían romperse con cualquier interrupción, hasta que comienzan a crecer y generan un estruendo que toma a todos por sorpresa. Después, regresan al páramo en donde comenzaron. En cualquier momento podría llegar de nuevo la tormenta.

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Una más: alguien llega al Festival. Hay cientos de personas, en su mayoría jóvenes, pero también muchas personas mayores. Entre todos, se conozcan o no, hay cierto grado de complicidad: por fin, por primera vez, se interpretará en el país una pieza oscura, difícil, que en otras partes del mundo ha cambiado radicalmente el rumbo de la música. Probablemente, sea la única oportunidad de escucharla, incluso: grabaciones hay muy pocas, sólo existen sus hermosas partituras. El boleto no fue barato, pero qué importa, para eso trabaja uno. Suben los músicos al escenario y, de nuevo, el rumbo ha sido modificado.

Las escenas son la escena de improvisación musical en la ciudad de México, una de las más importantes y bien nutridas del mundo. El free jazz, la improvisación “formal”, la música extrema que va guiada por gestos imposibles entre los músicos, el ruido que tapa y destapa los oídos y hace que el estómago se revuelva y que la mente se abra como un coco, todas son viñetas de una narrativa que no es nueva, pero que nunca había tenido tanta fuerza en México.

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© Nicho Aural

Las escenas se desarrollan en muchos, a veces improbables, lugares de la ciudad: el Jazzorca para el free jazz, a cargo, desde hace 20 años, de Germán Bringas; el modesto centro cultural Bélgica 204, clandestino y escondido; o el Centro Cultural de España, el Centro de Cultura Digital y el Laboratorio Arte Alameda, en donde se llevan a cabo festivales de tremenda importancia, como el próximo Nicho Aural, en mayo próximo.

Es momento de ponerle atención al ruido.

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