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FESTIVAL DE DIABLO Y CONGOS DE PORTOBELO EN PANAMÁ

Decenas de congos, afrodescendientes en harapos, cubiertos de collares y sombreros de paja salen a las calles de Nombre de Dios gritando y bailando al ritmo del tamborito y los silbatos, seña de que la fiesta está a punto de arrancar en la plaza principal.

Rápidamente, la explanada se va llenando de vecinos que, cerveza en mano, se instalan lo mejor que pueden bajo kioscos de piedra para lo que será un largo día de espectáculo y diversión.

Poco después aparecen los diablitos vestidos de negro y rojo, con sus botines emplumados y las caras cubiertas por espléndidas máscaras confeccionadas con barro, cartón, papel de aluminio y otros materiales.

Armados con temibles látigos, los diablitos empiezan a perseguir a los “congos”, a quienes si llegan a alcanzar golpean sin contemplaciones (un poco en broma y mucho en serio), a pesar de lo cual estos les provocan con insultos y burlas.

Éste el tradicional festival de los “congos” y los diablos, una evocación de la lucha entre los descendientes de esclavos negros (“congos”) y los colonizadores españoles (diablos) que los pueblos de la costa atlántica de Panamá celebran desde hace más de 400 años, según algunos historiadores, y que coincide con la semana de carnaval.

Yasmira Salazar, una moderna “conga” ataviada con minifalda y botas altas de plástico, empina una botella de ron tras escapar por poco al implacable látigo de un diablo y, entre risas, comenta a la AFP que “los españoles nos esclavizaron pero ahora nosotros nos reímos de ellos en su cara”.

Algunos aldeanos conservan la costumbre de hablar este día “al revés”, pronunciando las letras de las palabras en orden invertido, recordando así un mecanismo utilizado por los antiguos esclavos para evitar que los esclavistas entendieran sus conversaciones.

Sin embargo, aunque aún presente, la historia es apenas un telón de fondo en esta tradicional fiesta panameña, en la que el pueblo busca un rato de alivio a las tensiones del trabajo diario y un espacio para la socialización.

Alrededor de la plaza, presidida por un busto del explorador español Diego de Nicuesa, se han ido formando alegres grupos en torno a las improvisadas parrillas en las que se asan pinchos con carne y se toma cerveza y aguardiente sin compasión.

“¡Dame diablo, dame diablo!”, gritan los más valientes -o los más borrachos- bajo un sol ardiente y algunos logran ser complacidos con un latigazo en las piernas, antes de lograr eludir a algún ágil diablito, que bajo la ropa es igualmente negro y descendiente de esclavos.

“Que se preparen porque voy a repartir duro”, bromea Juan Riva a la AFP mientras se coloca su máscara de diablo en una sencilla casa acompañado de su familia, entre ellos su abuelo Pedro, quien también se ha vestido de diablo en el pasado “para defender la tradición”.

La fiesta acaba al atardecer con la llegada de un ángel que bautiza y despoja de la máscara al diablo mayor, símbolo del triunfo de los “congos”.

Nombre de Dios, 120 kilómetros al norte de la ciudad de Panamá y con poco más de 1.000 habitantes, es uno de los pocos pueblos caribeños que conservan la tradición del festival.

Otras poblaciones, como Portobelo -a 20 kilómetros de Nombre de Dios- también celebran la fiesta de los diablos y los “congos”, inspirada en los mismos hechos históricos aunque en una versión algo más turística.

 
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