Cultura

Luz y sombra del ready-made

Luz y sombra del ready-made o un registro en que se hace la relación de los hechos de una pieza de arte sacada a la calle en una suerte de picnic experimental, en donde se planteó la pregunta de qué sucedería si ese mismo objeto, esa obra señera y ya centenaria del arte contemporáneo, resguardada a la sombra de apacibles museos y libros, fuera sacada a la luz del día, deportada de los recintos sacros en que se encuentra y obligada a cruzar la frontera de regreso, de vuelta a ese espacio profano del que algún día salió, sin saber que completaría la trayectoria parabólica de los hijos pródigos de lo cotidiano, el amplio arco del reciclaje y la alteración de las jerarquías.

Lo profano no resulta completamente superado por su acogida en la tradición valorizadora: al urinario puede dársele la vuelta otra vez en cualquier momento, puede sacárselo de la exposición de arte y usarse de nuevo para su objetivo inicial.

Boris Groys

Deportado

Todo el asunto podría comenzar con la búsqueda obsesionante, en tiraderos y mercados de pulgas, de un porta botellas de metal lo suficientemente parecido al esqueleto de un miriñaque que, al mismo tiempo que remita a un viejo mecanismo de defensa sexual o de tortura, no deje de producir asociaciones con la figura de un erizo, digamos industrial, y que a pesar de todas sus posibles connotaciones —la sombra del archivo cultural proyectada sobre el objeto—nos resulte en la medida de lo posible indiferente. Pero más bien comienza ya con el objeto en nuestro poder, sin haberlo alterado ni siquiera con la pasada de un trapo, en el momento en que lo abandonamos a su suerte, en plena calle y a la luz del día, si se puede un poco ladeado, sólo cuidando de no colocarlo de cabeza.

 Fecha: 2014 (A un siglo de distancia, Aunque en 1914 Marcel Duchamp al parecer aún no lo conseideraba un REady-Made)

Lugar: pasillo de un parque

Una corredora pasa de largo con sus audífonos. Aunque probablemente sea su ruta de todas las mañanas para ejercitarse, no le dedica ni una mirada rápida al porta botellas.

La estructura arroja una sombra alargada que se confunde con las sombras de las ramas de los árboles.

Un barrendero con una escoba tradicional de varas realiza su tarea silbando. Hay poco que barrer esta mañana, pero aún así pasa su escoba alrededor del porta botellas y, con un par de movimientos expertos, barre una colilla que quedó enjaulada por casualidad.

Pasan dos hombres. Luego una joven. En el lapso que va de mirar a la muchacha a volver al porta botellas, ya una señora de unos cincuenta años está frente al objeto. Se cruza de brazos y lo observa como a un intruso. ¿Es el aura de su significación cultural, su perfil de objeto archivado en los anaqueles del arte? ¿Lo ha reconocido?

Un perro callejero, que quizá confunde el armatoste con alguna suerte de urinario, alza la pata y lo marca como parte de su territorio. Rasca la tierra y mueve la cola al retirarse.

Catorce personas cruzan a poca distancia del objeto y no parecen notarlo. Tres, en cambio, giran la cabeza significativamente, como quien busca reconocer a alguien familiar en la calle, pero no se detienen. Es la hora de no llegar tarde al trabajo.

Un pájaro se posa en el botellero. Salta a otro barrote, mira inquieto alrededor y vuela.

Un hombre vestido de negro, que avanza a largas zancadas, aminora su marcha al advertir el porta botellas. Voltea a todos lados como si temiera que alguien lo espíe (¿sospecha de algún programa de “cámara escondida”?), y le toma un par de fotografas ra﷽﷽﷽﷽﷽toma un par de fotografanza a largas zancadas aminora la marcha. Voltea hacia todos lados como si temiera que alguien ías con su teléfono. Una vertical y otra horizontal. Se aleja a largas zancadas.

Pasa la camioneta desvencijada y lenta de las cosas usadas: “Se compran… colchones… tambores… refrigeradores… estufas… lavadoras… o algo de fierro viejo que vendaaan.”

Una anciana, con dificultad para caminar, hace escala junto al porta botellas con las bolsas del mandado. Cuelga una con cuidado, atenta a que la estructura no se ladee. Entonces cuelga las bolsas restantes. Recupera el aire durante un par de minutos. Se va.

 

Otras diecisiete personas que no se inmutan ante la presencia del objeto, que, como sea, se antoja ya muy lejos de lo no estético, de la indiferencia visual o lo “neutro”. ¿Las significaciones terminan por adherirse a las cosas? ¿Se sedimentan en forma de pátina?

Una muchacha, quizá estudiante de arquitectura (lleva un tubo para planos), pasa un dedo por el anillo superior del botellero y mira en su yema el hollín mezclado con óxido. Lo rodea inquisitivamente, como si retara al objeto o se propusiera interrogarlo por su desfase. Marca un número en su teléfono. No le responden. Busca algo en su bolso, desordenadamente. No parece dar con él. Se aleja. Le dedica una mirada más. Y otra.

 

Un segundo perro, con collar pero sin dueño aparente, hace uso del urinario mientras advierte que no le quito la vista de encima.

 

Una pareja de jóvenes termina de comer sus helados en vasos de unicel y los ensarta en dos puntas contiguas del botellero. Se besan.

 

Una oruga avanza por la estructura metálica. Otea el panorama y sigue su camino. Al llegar a una de las puntas, otea de nuevo el panorama. Parte de su cuerpo flota en el aire, retorciéndose suavemente. Cae al suelo. No tarda en recuperarse y sigue su camino.

 

El personal de limpieza del parque, tres mujeres y dos hombres (entre ellos el barrendero de la mañana), se sientan con sus trajes anaranjados a almorzar en una banca. Entre bocado y bocado, señalan el botellero y se ríen.

 

Cuatro personas pasan de largo. Dos de ellas observan el almuerzo de los barrenderos.

 

Una de las mujeres de limpieza se levanta y cuelga una cáscara de plátano de una de las puntas del porta botellas. Saca del bolsillo una servilleta y la ensarta. Otra mujer hace lo propio con una botella vacía de Coca cola. Con su gesto, en cierta medida “natural”, ha restituido el equilibrio, ha hecho que el botellero recobre su función perdida (aunque más bien semeje un árbol de navidad desarrapado, un muñeco de nieve raquítico, extraviado en un lugar en el que no nieva nunca, un esqueleto inútil que alguien lanzó a la calle).

 

El barrendero de la mañana, ausente durante unos minutos, vuelve empujando un carrito de la basura. Hace una broma que sus compañeros festejan, retira uno a uno los residuos añadidos al botellero y, de un solo envión, lo deposita en uno de los tambos. Se sacude las manos y lo empuja de regreso, silbando.

 

¿Habrá vuelto la arquitecta, la muchacha indecisa de los planos, en busca de su hallazgo?

 

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