Letras

Un día en la FIL del Zócalo (crónica de una aspirante a poeta)

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Bajaba de la estación Zócalo del Metro, cuando observé un centenar de pies pasar por el andén con miles de olores cada uno. Me dirigí hacia las escaleras de salida, donde el sauna de asfalto continuaba, mas no le presté atención. Este día no. Hoy estaba en un limbo y no fue necesario ponerme una pinza en la nariz. Hoy iba a leer mis poemas en la FIL del Zócalo. Tal cosa me era suficiente para poder imaginarme el perfume de cada uno los libros que me encontraría en los estantes.

Cuando salí de casa, juro que escuché el tamborileó de mi corazón. Había oído los rumores o chismes de lo que sucedía en este tipo de eventos. Todavía me acuerdo cuando un profesor de mi universidad me contó que en dichas lecturas, algunos escritores optaban por subirse a la mesa y quitarse la ropa.

Pero ya era suficiente con la posibilidad de encontrarme a una que otra leyenda viviente de las letras, pensé. Tal vez un infrarealista o un beatnik disecado en algunos de los corredores de la feria.

Había una serie de carpas, cada una parecida a un sombrero blanco al que entraban un sin número de personas, y yo, pronto iba a volverme parte de ellos. Las reuniones de gente con pipas o antifaces bajo un toldo no se hicieron esperar, hasta que a lo lejos, más o menos a la altura de Palacio Nacional, divisé una combi amarilla, rodeada de todos mis amigos. Yo era la primer poeta en llegar.

“Odio a los poetas, nunca son puntuales. Oh, espera, ¿entonces qué soy yo?”

Uno de los organizadores, un chico de cola de caballo, me saludó de manera solemne mientras otro de los coordinadores, de pelo largo y ondulado, me ofreció algo de beber. Obvio, yo quería elegir champagne, -perdón, quise decir coca-cola-, aunque hubiera preferido algo más efervescente. Al esperar a los otros lectores observé grupo Yeudiel Infante, una banda cuya estética tenía entre sus influencias a Fito Paez. Tanto así, que el vocalista emulaba su look de una manera bastante fashionista.

“Bien, ahora me toca hacer el ridículo”

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La horda de poetas es una raza peculiar. Es muy difícil encontrarla, pero una vez que se halla un eslabón, los demás empiezan a aglutinarse, me imagino que así fue en los inicios del paleolítico, sólo que sin nuestras gafas y las ropas alternativas que nos hacen únicos.

Terminé siendo la cuarta en pasar a leer. ¡Claro que tenía pánico!, siempre se me olvida que para ser un escritor, uno no sólo debe ser a prueba de balín (al menos en esta ciudad), sino a prueba de escenarios. Para mi mala suerte, solo había cargado con mi chaleco anti balas.

Al leer mis poemas, en mi mente sólo quedaba una decisión: ¿ser nerviosa o decisiva? Normalmente sé muy bien como jugar esa carta, excepto en los momentos cruciales y decidí leer mis escritos como recetas de cocina o, pero aún, como si estuviera hablándole a alguien, completamente sordo.

Esta última técnica pareció dar resultado. Cada verso que se resbalaba de mi boca se volvía un ratón que se escabullía entre los oídos de los espectadores y puedo decir que hasta yo sentí que comía queso mientras leía. “No puedo creer que sea tan buena”, me dije a mí misma, hasta que empecé a notar que me iba a quedar sin poemas y cerré la boca. Después me retiré a deambular a lo largo del recinto. Empecé a observar como los siguientes partícipes pasaban y decían sus poemas.

Frente al mostrador, la joven esbelta, cuyo cabello apenas y llegaba a la altura de sus hombros, pero su amabilidad duplicaba la extensión de toda la feria, promocionaba los libros de la editorial a la que pertenecen mis versos a los curiosos. Entre los caminantes se asomó una viejecita que no dudo en abrirse camino para llegar al stand. No estoy segura pero creo que me empujó, pero por los nervios del shock escénico no le di la molestia pertinente.

La dulce señora, que llevaba un sombrero color pastel y unas gafas de sol de pasta naranja, no tardó en transformarse en una rebelde sin causa. comenzó por cuestionar las portadas de cada obra. Después dijo que a ella no le gustaba leer, que de hecho, lo detestaba porque casi la había dejado ciega y cuando se le ofreció una bebida, ¡oh sorpresa!, nos dijo que tampoco tomaba agua.

Temerosa de haber realizado un encuentro con una raza distinta a la nuestra, decidí contar los pasos que se requerirían para alejarme de allí y circulé por la parte posterior de la carpa. Viendo desde un foco más lejano la acción literaria que se llevaba a cabo en el escenario aterrador, los versos de mis compañeros eran conmovedores y, desde luego, mejores que los míos.

Nosotros los poetas somos cualquier persona, a veces un médico o godín frustrado, que debido a un libro decidió cambiar su vida. Creo que eso se olvida cuando se realizan este tipo de eventos.

Tal vez la única diferencia es que a nosotros nos gusta tener un micrófono en la boca y decir lo que sentimos. De niña me decían que eso era de mala educación o al menos un tipo de psicosis y todavía lo sigo escuchando en la boca de algunos abogados, psiquiatras o perros que se cruzan en mi camino, pero la verdad es que si te das la oportunidad de escuchar a alguien, ¿cómo saber si eso no es poesía?

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