Cultura

Las letras de Mariana

-Amor, ¿en dónde empieza el cielo?

-Donde acaban las mentiras.
-Y donde empezamos tú y yo…
Me encontré un solitario rincón en la orilla del mundo, uno donde sólo yo y mis letras nos abrazábamos. Era mágica la verde colina que se abría a sus anchas a mis costados sin la preocupación que a mí me aborda cada mañana.
Me acompañaba un extraño bicho que tentaba los bordes del césped como en algún juego de niños, intentaba saborear mi camisa de la misma forma que una abeja saborea el néctar de las flores. Me gustaría preguntarle a éste bicho con pinta de vividor si entre alguna de sus aventuras averiguó en dónde es que empieza el infinito cielo, ése que se burla todos los días de cada una de nuestras miradas. ¿En dónde? Sus múltiples ojos han de haber observado alguna vez el plan de las satíricas estrellas.
Había morado en el terreno, ahí en mi rincón, había amarillo mariposa en las alas de aquella dama que danzaba en mis planes deliciosamente. Parecia que disfrutaba que la viera aletear, presumía sus colores tal cual andaba y silbaba melodías que parecían girar. Quería entender el azul de arriba, pero ¿qué tan arriba es arriba? ¿Qué tan cielo es el azul?
Alborotada paré mis pensamientos al verla, a Ella, pasó, no sé si por mi mente o por la colina de terciopelo verde, pero Ella pasó. No. No pasó. Se sentó a mi lado, eso hizo. Me acarició el cachete izquierdo con esas manos de caramelo de café, siguió su camino hasta llegar ciega a mi cabello y lentamente me acomodó un mechón marrón oscuro detrás de las orejas que todos los días se emboban con las melodías de David y su guitarra, ésas que me hacen delirar tanto como los ojos de ésta niña amada, alucinada, imaginada. La admiré atenta mientras recordaba mi anterior pensamiento, el cielo, ¿en dónde empieza el cielo?
¡Ella! Quizás Ella tenga la respuesta. Quizás lo averiguó mientras flotaba en los recovecos  de mi mente y su liviandad. Tan sólo quería lograr articular palabra y liberarme del paralizante momento en que ella me veía con esos ojos de dulce, el encuentro con Ella vuelta mariposa, liberada del eco, vuelta mía, frente a mí.
Tartamudeante, torpe y medio perdida llegué a sus labios, como una cicatriz siendo descubierta. Así fue que me adentré a su mente y logré preguntar:
-Amor, ¿en dónde empieza el cielo?
-En donde acaban las mentiras- dijo apenas logró encontrar la puerta a mi mente.
Ella siempre entraba por la ventana, ilegal y precavida se adentraba a mis espacios por esa ventana que tanto le gustaba brincar. Siempre penetraba doliente e inconsciente de los daños que causaba. Pero no, maldita sea, entró delicada, educada y sistemáticamente por la puerta de enfrente.
Atónita. Atónita me encontré al sentir su primer verdadero paso por mis cumbres mentales. La miré mientras ella sostenía mi petrificado rostro entre sus delicadas manos.
-Al carajo con el bicho. Al carajo con tu ilógica soledad – dijo burlona – bien sabes que tú tienes la respuesta a tus incertidumbres – agregó.
-Pero mi amor, ¿en dónde empieza el cielo? – insistí aún confundida.
-En donde terminan las mentiras- repitió insistente.
Entonces harta de tanto rodeo incomprendido por mi parte, Ella decidió dar el primer paso certero en mis tierras. Sacudió su saco empapado en palabras sin algún significado concreto. Abrió la puerta educadamente. Entró. Se acomodó. Y sentí el “no me voy” en sus labios. Me besó. Física, químicamente, me besó.
La vi, la solté por un breve instante para saborear su aliento y sus ojos de viento clavados fijamente en los míos que se evaporaban en su mirada. Nuestros labios aun rozaban mientras yo articulaba:
-Y en donde empezamos tú y yo.
Eso fue todo. Eso ha sido todo. La colina sigue ahí, intocable, inmutable, infinitamente existente. El bicho se fue al carajo. Mi soledad se volvió Ella, acompañándome siempre en los safaris de este mundo laberinto. Eso ha sido todo desde que decidí hundirme aferrante por fin en sus labios de miel, en sus labios físicos y no de eco, no de imagen producida por mi locura. Eso ha sido todo. Encontramos el cielo, Ella y yo.
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