Cultura

La mentira

Era por la tarde de no recuerdo que día cuando la encontré llorando bajo aquel árbol grande, ése en el que siempre intentábamos colgarnos desde lo más alto pero que nunca lo hicimos porque el apetito al éxito era vencido por nuestro miedo de no poder bajar de él decorosamente. Me acerqué despacio, simulando compartir el pesar, a cada paso dejaba caer sobre mis pies la alegría, aunque poca, que había acumulado durante el día. La saludé con un breve y torpe movimiento de mis brazos y piernas, no supe que decirle y compartimos por un momento el ruido sereno de las 6:30. Finalmente me dijo: hoy se fue.

Mi cara debió reflejar un sentimiento equivocado, puesto que su llanto se volvió orgullo y su boca se preparó para la guerra. Seguí sin decir nada y sus palabras me atravesaban una a una. Terminó y se marchó.

Mi mentira involuntaria la sanó por lo que restó de la tarde y a mí ya no me quedó nada para después, ahí me recargué sobre el mismo árbol, pero nadie llegó para mentirme, solo las hojas, el viento y un recuerdo nuevo.

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