Cultura

La invención de la memoria

No cabe duda que nuestro pasado siempre está intervenido. Y el pasado de las familias, las comunidades, los países. Porque la memoria no reproduce fotográficamente lo que fue, y aunque lo hiciera, habría siempre un ángulo, una luz, o sombra bajo las que se mira ese acontecer. Siempre me ha maravillado el que un grupo de amigos, primos, o hermanos se refieran a algún hecho compartido de la niñez o la adolescencia de distinta manera. O que unos recuerden una cosa (a su manera ya se ha dicho) y otros otra. ¿Eso pasó?, pregunto con cierto horror por mi amnesia personal. Ya se ha dicho que la memoria es selectiva, pero cuál es el filtro que usa. ¿Por qué unas cosas pasan a la bandeja del olvido y otras quedan esperando su turno en la evocación? Esa cajonería de la vida acumulada, con su indescifrable lógica, se abre al presente a través de la palabra. A través de una narración.

Nos contamos a nosotros mismos o a los otros lo que sucedió. Lo ordenamos con la lógica de nuestro presente y resaltamos los detalles a nuestro capricho. Los detalles son importantes como en un cuento, ya nos lo han dicho los maestros del género. La lámpara verde, el collar de perlas, el perrito de la dama, el ojo con veladura… ¿Por qué escogemos, entre la cascada de detalles que desfilaron en nuestros días anteriores, solo algunos y los nombramos, y a base de chinchetas los incrustamos en el corcho del presente? ¿Acaso eso es la memoria: un pizarrón de corcho con fotografías y papeles que se han logrado salvar del olvido? Una manera de contemplar el pasado rehecho por nuestra manera de ordenarlo y nombrarlo.

Me acuerdo muy claramente (ya empecé a mentir) de dos objetos azul cielo, los que he traído de la niña Mónica al presente: el vestido azul con cuello blanco y el closet para la muñeca con puertas corredizas y cajones. El primero lo había hecho mi abuela que era modista y cuando me lo ponía me parecía ser Alicia en el país de las maravillas: cuello blanco, cinta atada a la cintura, delantal pequeño. ¿Tenía delantal? ¿O así lo quiero recordar? El clóset de la Pecos era de aglomerado pintado de un azul con chispas. Me gustaba que tenía un tubo de madera donde las ganchos pequeños me permitían colgar vestidos (los que nos vendía una profesora de primaria a la hora de recreo). Pero también está el molino de café que usaba mi abuela. De madera, con una palanca metálica y el cajón donde caía el café molido que al abrirlo olía delicioso. Me gustaba escuchar a los granos triturarse cuando le daba vuelta a la palanca y luego descubrirlos convertidos en polvo café. El molino era amarillo. ¿O no? Mi hermana no se acuerda bien de él. Pero está guardado en algún sitio, alguien de la familia lo tiene y un día aparecerá y entonces comprobaré que es más pequeño, de otro color y tal vez descascarado. Ha crecido tanto en la memoria que no habrá proporción con el verdadero. La memoria ha escogido estas palabras para guardarlo, igual que el gozo de estar con mi abuela en la cocina de su casa ayudando con el molino: no recuerdo la disposición de la cocina, ni como era yo (algunas fotos me devuelven mi cara), ni cómo vestía mi abuela, sólo el aroma del café que mataba al de mi abuela, suave y dulce, cuando se me acercaba o me daba un beso. Es tan extraño que los olores perduren: no cabe duda que los hemos inventado también, que somos perfumistas de nuestro pasado. Que la imaginación es nuestra arma más poderosa para apresar minutos y decantar esencias. He escrito algunos cuentos o pasajes de novelas, aderezados de inventiva,  que tienen que ver con la memoria personal. El problema es que ya no sé si eso que he escrito es lo que sí pasó. Me voy creyendo lo que invento en palabras y constato que somos fabuladores de nuestra propia vida.

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