Cultura

LA EDAD DE ORO DE LAS SERIES, ¿LA NOVELA DEL SIGLO XXI?

Hasta hace un poco más de diez años, el público de televisión celebraba comedias o dramas que posteriormente se convirtieron en clásicos, como Friends, Seinfield, The Wire, Los Soprano o Six Feet Under. La estructura de las series de comedia era y sigue siendo, en los casos de las series más populares, la misma o similar: una pequeña introducción al tema que se tratará en el capítulo y que dará paso a una posterior comedia de situaciones en la que los personajes  se enredarán en malentendidos que al final resolverán, por lo general, de manera moderadamente predecible, con humor negro, satisfactoria para el espectador, y con un final por lo general feliz. La fórmula se repite a grandes rasgos en todos los capítulos, además de que cada serie cuenta con una base narrativa de fondo que hace que la historia de cada uno de los personajes vaya avanzando conforme avanza la serie, por ejemplo, la atormentada historia de amor de Rachel y Ross en Friends, el emparejamiendo de Mónica y Chandler, todo esto sin dejar de lado la fórmula básica que siempre funciona (por ejemlo, actualmente Two and a half men o The big bang theory). Las series de drama presentaban una estructura cronológicamente lineal en la que, capítulo por capítulo, se iban resolviendo los conflictos planteados al principio de la temporada.

Hace diez años exactamente, en septiembre del 2004, se transmitió el primer capítulo de Lost, el programa que marcó el inicio de la era de oro de las series televisivas. La novedad de Lost consistía en la complejidad narrativa que presentaba desde el primer capítulo y a lo largo de todas las temporadas, una estructura de cliffhanger que no resolvía gran cosa antes de abrir nuevos misterios, que finalmente no fueron resueltos de manera afortunada por los guionistas. Lost, sin embargo, fue pionera. La historia planteaba una situación de inicio distinta a la de todas las series que se transmitían en la televisión de entonces, pues la premisa no estaba dada (como: Es la historia de una familia que lleva una funeraria como negocio familiar), sino que se basaba en una gama de posibilidades que partían de una pregunta al estilo What if?: ¿Qué pasaría si un avión con determinado número de pasajeros aterrizara en una isla desierta? Los televidentes quedaron fascinados con la ilimitada cantidad de posibilidades que podían suceder a esta pregunta, ¿qué tal si la isla tuviera poderes misteriosos?, ¿y si en realidad no estuviera deshabitada?, ¿y si en realidad fuera una isla donde se llevaban a cabo experimentos psicológicos y sociales? Pero además, la narrativa de Lost era algo nunca antes visto en series de televisión: una trama base (la de los pasajeros intentando sobrevivir en la isla), con una serie de historias paralelas contadas mediante flashbacks que remitían al espectador a la vida anterior de cierto personaje y generaba contrastes, conexiones y sentido entre los acontecimientos pasados y los presentes; todo estaba conectado en el tejido narrativo.
Nueva en televisión, sin embargo, la estructura de Lost es un recurso narrativo utilizado frecuentemente en literatura, en teatro, en cine. Las referencias literarias de Lost se encuentran por todos lados. En un inicio, la serie está basada en el relato La isla misteriosa, de Julio Verne y tiene muchos guiños, por ejemplo, con A través del espjo y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, pero además  en el nombre de los personajes, el nombre de los capítulos arrojan luz sobre los vínculos literarios.
Es obvio que la incorporación de estructuras narrativas fue favorable para las series televisivas que, desde Lost han ido aprendiendo sobre sus errores (no abrir más misterios de los que pueden resolver, no resolver con conclusiones que parecen sacadas de la manga o gratuitas, saber cuándo resolver una línea narrativa y abrir otra, etc.) y se han convertido, por la exigencia del público, la complejidad de las historias contadas y las producciones multimillonarias, en películas por temporadas o, como muchos han querido ver, en la novela de folletín del siglo XXI, que funcionaba en el XIX por entregas y tras la ferviente demanda de los lectores. El éxito es tan evidente que el camino se ha invertido, y si antes los actores saltaban de la tele al cine, ahora ocurre lo contrario. Jonathan Rhys Meyers, John Malkovich, Adrien Brody, Eva Green, Liv Tyler, Kevin Bacon, Glenn Close, Josh Harnett, Kevin Spacey, Maggie Smith, Mathew McConaughey, George Clooney (en la siguiente temporada de Downton Abbey), Kevin Costner, Anjelica Huston, Claide Danes, Steve Buscemi, Don Cheadle son sólo algunos de los nombres que han incursionado en series televisivas.
Sin embargo, a pesar del deleite que causa en el espectador disfrutar de extaordinarias y complejas historias como las de Breaking Bad, Mad men, Orange is the new black, Game of Thrones, no hay que olvidar que tanto la literatura como la televisión tienen un lenguaje que les es propio. Lo que funciona en una novela no necesariamente funciona en televisión y viceversa. Las series cuentan historias tan buenas o malas como las de los libros, y no pueden funcionar como sustitutos de la literatura, simplemente por el hecho de que el lenguaje en el que se expresan es distinto: el lenguaje textual no interactúa de la misma manera que el lenguaje visual que ofrecen las películas y las series. Además, la literatura tiene varios milenios de presencia y constante evolución, y los mecanismos de la narrativa televisiva son relativamente nuevos, constituyen otra manera de contar las historias, quizás las mismas que ya se han contado numerosas veces. Comparar en un rango de mejor o peor la manera de contar historias mediante la imagen con la manera de contarlas mediante un texto es tan absurdo como comparar un poema con un aria de ópera. Las evoluciones genéricas siguen caminos que pueden conectarse en ciertos puntos mediante referencias, pero finalmente son caminos separados. Dejemos que las series televisivas florezcan según su propio desarrollo y no les añadamos funciones que no les pertenecen.



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