Cultura

LA CABEZA DE MEDUSA

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Daría lo que fuera por los breves y escasos momentos donde la belleza te toma por asalto. Me refiero a las revelaciones súbitas que sacan del fondo del corazón una emoción poco frecuente: una conmoción. Si sucediera a menudo me declararía una adicta, pero esos instantes son hermanos de los cometas o las estrellas fugaces. Llueven cuando menos lo pensamos. Los queremos en la vida, los buscamos en el arte. Sucede con la música, un CD que lleva puesto un rato y de pronto algo allí nos toca de manera diferente. Y es preciso volverlo a escuchar. Me ha sucedido con Cecilia Bartolli, y con Kathleen Battle cantando Amazing Grace, también con el Vocalisse de Rachmaninoff. Pero no se trata de repertorio, sino de encuentros, de la manera en que aquello externo logrado por el talento y capacidad de lo humano nos lleva a otra esfera. A un estado de belleza como me sucedió con los cuadros de Rothko en la Modern Tate en Londres, o con el peine de Chillida contra el mar Cantábrico en San Sebastián. Me ha pasado con algún pasaje del rey Lear de Shakespeare y el mónólogo de Ophelia en Hamlet. Y con la Colometa de Mercé Rodoreda despidiendo a las palomas en plena Guerra Civil. Y con aquel pasaje de Los muertos de Joyce cuando Gabriel observa la emoción íntima en el rostro de su mujer mientras escucha una cacnión, y con “Intimidad” de Carver, y “El beso” de Chejov. Y con el poeta Miguel Hernández y con el cante del Camarón. Adoro el cuento de ese desconocido Gary Kerner que descubrió Edmundo Valadés porque la música escurre de los dedos del pianista cuando “Olaff oye tocar a Rachmaninoff” que es el nombre del cuento.

Pero de esta breve lista de arrebatos, en algunos de los cuales puede reincidirse, destaco una ocasión donde la revelación fue total. Donde me desgajé en llanto sin saber que todo ello me esperaba bajo la superficie de una ciudad fascinante: Estambul. Hacía poco tiempo que se había abierto al público La basílica de la cisterna. Lo evidente había sido palomeado en al lista de deberes turísticos: la mezquita azul, Santa Sofía, el mercado. Pero esta entrada discreta a ras de suelo, como quien va al Metro, no presagiaba nada. Adentro, una gran cámara en penumbra cuyo techo sostenían columnas disímiles recibía los pasos cautelosos de mi incursión curiosa. Nada más bajar la escalinata, uno advertía que bajo el camino de madera por el que se transitaba había agua. No en vano había sido cisterna en tiempos de Constantino. Uno echaba a andar entre las columnas, sobre el agua y con una música muy suave; un violín parecía humedecerse y entrar poco a poco en la piel esponja que hacía suya una antigua melancolía, un llanto atrapado por los siglos. Entre el regimiento de columnas alumbradas con veladoras y los claros de agua, el camino llevaba al fondo, aunque uno había dejado de preocuparse del rumbo y sólo se dejaba llevar por ese trance musical en el corazón oscuro y vital de la ciudad milenaria. El alma sobrecogida se topa, al fondo del reservorio, con una enorme cabeza de Medusa recostada de lado sobre el fondo, con el agua tapando medio rostro, de manera que sólo un ojo, la nariz, la mitad de la boca carnosa y el pelo serpentino la identifican. Desde su pétrea mirada uno descubre sus poderes derrotados, ya no nos puede volver de mármol como ella, sin embargo en ese resquicio de su orgullo y su otrora furia y deseo por los hombres, nos conmueve su enormidad semihundida, su rostro obligadamente lloroso. Y la comprendemos. Y rozamos a las antiguas deidades: acariciamos los mitos. Estamos en el altar profundo de occidente donde agua, fábula, grandeza y derrota se funden. Nos funden. Ablandan el resto de mi armadura. Lloro sin pudor alguno frente a esa cabeza de piedra. Soy un corazón medusa que vuelve con dificultad a la superficie.

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