Cultura

Falso-verdadero: cuánto vale lo que vemos

cerca-LEJOS

Hay un gran número de pinturas perdidas en el mundo. Algunas simplemente se han colocado en otro lugar, por un museo con problemas de liquidez, incapaz de retener a un jefe de registro hábil en su equipo, quien maneje las múltiples pinturas donadas por generosos amantes del arte. Otras han sido destruidas, quizá por un fuego desafortunado o algún otro accidente. Algunas están en posesión de coleccionistas anónimos quienes no desean hacer público el valor de sus obras irremplazables, o las han obtenido en circunstancias poco éticas. Hay otras que han sido robadas y simplemente desaparecieron, y los ladrones son incapaces o reacios a regresarlas a sus dueños legítimos, aun en los caos donde “no se harán preguntas” y se ofrece una recompensa. (Anthony M. Amore The Art of the Con)

Hace un par de días nos despertamos con la noticia de que Xiao Yuan, el ex director de la biblioteca de la Academia china Guangzhou de Bellas Artes, decidió sustituir 143 obras de arte por copias de su autoría. Como si de una trama peliculesca se tratara, el protagonista de este caso de suplantación artística, actuó movido por un afán de continuar con una práctica que veía como habitual en aquel recinto ya que, a decir del mismo autor, ya había otras obras falsas colgadas en los muros de aquel museo cuando comenzó a trabajar ahí. Más extraño resultó, que algunas de sus copias fueron sustituidas por otras copias. Argumentó que aquellas copias “de tercera generación” eran muy malas y se destacaban de las que este ex director había ejecutado. La práctica de sustituir obras no parecía, pues, ser tan escandalosa como lo resultaría en occidente, o al menos en otros recintos de su tipo. Sin embargo, aquel singular bibliotecario astutamente subastó más de un centenar de las obras sustraídas en el periodo de 2004 a 2011, y se embolsó la nada despreciable suma de seis millones de dólares, con los cuales además compró más pinturas, estas al parecer originales, o al menos eso le hicieron creer. Xiao Yuan conservó las más valiosas y por las que pudo haber obtenido otros 11 millones de dólares. ¿Quién de los compradores, al conocer su origen poco lícito, estará dispuesto a devolver las obras robadas?

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En el caso de que las piezas subastadas por Xiao Yuan (y que sustituyera de los muros de su antiguo trabajo) fueran originales y no algunas de las tantas copias, el asunto se torna monumental. O no. El arrepentimiento del ex director poco o nada abona a la restitución de las piezas ni a la identificación de la cadena de falsos. Si Yuan detectó que sus falsos eran falsificados, ¿por qué no incrementó las medidas de vigilancia de las instalaciones que se supone debía resguardar?, o ¿por qué no trató de seguir las pistas para dar con los falsificadores de falsos?

La lógica de Xiao Yuan priva en más de un falsificador chino, quienes se erigen como verdaderos artistas, por la maestría con que imitan los originales, al grado de pasar por ellos inclusive en subastas internacionales.

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El libro de Anthony M. Amore, recientemente lanzado The Art of the Con, indaga sobre ese tema precisamente. Un asunto que se ha vuelto una de las industrias del crimen más rentables, al grado de abarcar a más de un actor en la cadena del mercado del arte (desde los marchantes, hasta los artistas, pasando en más de una ocasión por los mismos compradores). Pudiendo servir como tramas de películas elaboradas, las estafas que involucran la comercialización de falsificaciones de obras maestras, simplemente son una cruda radiografía de la compleja red de complicidades que representa este mercado “alterno” que se codea con el oficial en las temporadas de subastas y en las galerías más renombradas del orbe.

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Y es que esto del arte tiene un poco o un mucho de sobrevaloración, y sino baste intentar entrar a visitar, a las carreras, las superproducciones que por estos días presenta el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Bajo el título de Leonardo Da Vinci y la idea de la belleza, y Miguel Ángel Bunarroti. Un artista entre dos mundos, ambas muestras han congregado millares de personas que aguardan a las afueras de la plancha del palacio, para visitar de carrerita las salas con las piezas que sorprenderán a más de uno, aunque tal vez la sorpresa es que luego de la larga espera, apenas y podrán verlas por unos segundos y de seguro se habrán de perder una buena cantidad de ellas (lo bueno es que con este mundo de la tecnología siempre habrá una forma de “capturar el momento” para la posteridad). Y es que si Italia no va a Mahoma…, a algunos sin embargo, nos sigue pareciendo un exceso, un exceso Yayoi Kusama, Darwin, o Leonardo y Miguel Ángel. Pero en el mundo de lo excesivo las grandes audiencias acuden ávidas a estos montajes súperproducidos para validarse, hoy en día a través de una selfi. Dirán en sus redes sociales “ya ven que sí sé”, y los grandes esfuerzos de artistas, curadores y gestores sin tanto relumbrón seguirán en el archivo durmiendo el sueño de los justos mientras ven a la gente arremolinada o acampando frente a los museos. Otros dirán, como con Harry Potter, que lo que importa es que vayan a los museos.

Sea como sea, mientras un neófito quede encantado con este mundo del arte, bien valdrán esfuerzos de exposiciones blockbuster o de piadosos falsificadores. O tal vez no.

*Imagen del Palacio de Bellas Artes tomada de Publimetro.

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