Cultura

El traspatio universal

Más allá de una afición nacional por los récords masivos y las hazañas multitudinarias (la rosca de reyes más grande de la galaxia, la mayor congregación para una foto nudista, el número uno en consumo de refrescos y diabetes), ¿por qué en México deberíamos sentirnos orgullosos de ser los máximos productores de refrigeradores? ¿Por qué, como durante mucho tiempo machacó la propaganda gubernamental, deberíamos envanecernos de vivir en el traspatio de la producción tecnológica, en la meca radiante de la maquila, ufanos de ensamblar los bienes de consumo del resto del planeta?

No puede ser mera coincidencia que la zona fronteriza del norte del país (de Tijuana a Reynosa, pasando por Ciudad Juárez), precisamente donde se asentaron las grandes plantas maquiladoras, se convirtiera en una de las regiones más fracturadas y brutales del orbe, cada día más presente en la atención mundial por sus desiertos ominosos, a su manera oscuros —pese al sol que cae a plomo—, célebre por los asesinatos seriales de mujeres, por el tráfico de armas y personas a través de túneles inverosímiles, por el descabezamiento como una forma retorcida y terminal de exigir “respeto” al prójimo.

No se trata, desde luego, de que las maquiladoras atraigan por sí mismas la descomposición y el crimen. Pero quizá uno de sus efectos secundarios, uno de los así llamados “daños colaterales” de su propagación sistemática (esas consecuencias que al parecer deberían aceptarse sin — garantizan un bgien mayor animadosl a plomo, sembrados ás ás más por calculadas, porque balancean una ecuación que garantiza un “bien mayor”: el fugitivo espejismo del progreso), fue la creación de una atmósfera de desarraigo y no lugar, de una cotidianidad degradada, engañosamente próspera, donde las relaciones personales se entienden de manera maquinal y lo que priva es la explotación a destajo, la intercambiabilidad de los “recursos” humanos sin apenas derechos laborales, la obediencia irrestricta para no entorpecer la línea de ensamblado.

Después de quién sabe cuántos muertos y desaparecidos en el país —la falta de cifras confiables es uno de los síntomas—, de pueblos abandonados a punta de extorsiones y amenazas, de barrios fantasma en los que desplazarse sólo puede hacerse bajo riesgo propio, la pregunta sería si esa moral de la rentabilidad, esa ética indiscutida del engrane no se ha revertido bajo la forma de la indiferencia y la insensibilidad, bajo una práctica generalizada que confía en la utilización del otro como moneda de cambio.

Si día y noche, para sentirnos orgullosos del horizonte ensombrecido por la fila de naves industriales, se nos conmina a entender al prójimo como un instrumento para obtener ganancias —como un pistón en el motor del lucro—, entonces quizá no deberíamos extrañarnos de la desnaturalización concomitante de las relaciones humanas, de que ese prójimo termine reducido a una mina de oro a través de la privación de su libertad o, en su defecto, cuando ya no rinda dividendos y no se le pueda usar ni siquiera para el abuso, se asimile a un obstáculo, a un bulto desechable que, sin más, se borra del paisaje.

Los feminicidios, los secuestros de inmigrantes o los miles de desaparecidos, no son sino reflejo de una incapacidad nacional de ver a las personas como seres humanos y no como objetos, de una atrofia ética para entenderlos como fines en sí mismos y no como eslabones de una cadena sin rostro, inabarcable, cuyo principal objetivo es la ganancia. Si el otro no es más que un birlo insignificante en la maquinaria del avance económico, ¿qué más podría esperarse sino que a la larga sea birlado, que de todas las formas imaginables se saque provecho de él y, cuando ya no resulte necesario, simplemente se busque la pieza de recambio?

Ahora que vivimos, según algunos, el fin de la historia, tal vez pocos se acuerden de la retórica inflamada de Karl Marx, de todas aquellas metáforas de ultramundo de las que se valía el viejo barbudo, que veía zombis con valor monetario, vampiros que chupan hasta la última gota de la jornada laboral, mercancías con encantos fantasmagóricos y exorcistas temibles que se ocupan del trabajo muerto. La ironía es que la misma lógica del capitalismo posindustrial, esa voracidad que no respeta nada con tal de obtener más y más plusvalía, es también la que nos tiene detenidos en esta ciénaga de putrefacción y terror, donde las palabras de Marx ya no tienen, al menos en México, ni una pizca de metafóricas. El laiseez-faire, entendido en clave vampírica de película del Santo, se traduce en esta tierra de nadie en un patético “chupar y dejar chupar”, en una depredación sin escrúpulos, una explotación rayana en la esclavitud, una administración de licántropos con piel de oveja cuya máxima fundamental, a ambos lados de la ley, es la rentabilidad a cualquier precio.

Gracias en parte a las maquiladoras, la idea de México como patio trasero se ha cumplido con creces; lo que no sabíamos es que ese patio alojaba un detalle macabro: la pila de cadáveres a medio enterrar. Una vez que el nombre verdadero del país terminó por ser República Maquiladora, y que la barbarie se impuso como una forma patológica del desarrollo con aval del Fondo Monetario Internacional, aquí y allá se empezó a pasar por encima de la población, a atropellar mujeres, a ultrajarlas y asesinarlas luego de ofrecerlas al mejor postor, a reducir literalmente a letra muerta a todos los que estorban.

Apenas sorprende que la gran marcha zombi mexicana, una de las más concurridas del globo, que se celebra durante el mes de noviembre casi como continuación o remate del día de muertos, no presente el menor perfil de denuncia, no se erija como una caminata contestataria, una manera de sacar a la luz la horda de muertos vivientes engendrados por el régimen del máximo rendimiento. Al contrario, esa marcha sangrienta y quejumbrosa, con coágulos de utilería y pasos torpes al más puro estilo de Frankenstein, asemeja más bien una celebración gigantesca, un desfile coreográfico a ritmo de “Thriller” en que una nación, aun sin advertirlo del todo, se reconcilia durante una tarde con su destino.

Una educación que antepone los valores de la macroeconomía a la formación de ciudadanos críticos; una política que, a costa de los millones de pobres que engendra, cree todavía en el mito del crecimiento perpetuo; un gobierno que sirve a los intereses de las grandes corporaciones pero le da la espalda a la población pauperizada y famélica; un vasto territorio de riquezas naturales que alberga 9 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo… tales son los valores que México puede ofrecerle al planeta. La imagen de un traspatio contaminado, maloliente a corrupción, que promete seguir durante las décadas siguientes en la misma dirección.

 

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