Cultura

EL SOUNDTRACK DE LA TIERRA

Siempre hemos tenido la fantasía de que no somos la única especie con capacidad de comunicación en el Universo. La literatura de ciencia ficción, los estudios científicos, los viajes espaciales han sospechado el encuentro del otro. O las condiciones para que el otro viva. Y no bastándonos con el deseo de constatar la vida extraterrestre, queremos contarles quienes somos o fuimos miles de años atrás. Tenemos una historia que compartir. Larga y corta. En términos de un calendario cósmico, infinitesimal. Pero por algo, como los abuelos que en la sobremesa relatan las anécdotas de su vida y las que heredaron de sus padres, queremos compartirla. Por lo menos esa fue una de las ideas que se pensó para la Sonda Voyager en 1977: agregarle un Disco de oro (Los sonidos de la Tierra) que contuviera información de quiénes somos los que habitamos el planta Tierra. Difícil síntesis que fue encomendada a Carl Sagan, astrónomo notable por sus publicaciones y programas de divulgación científica (gracias a él comprendemos que vistos a la distancia somos un punto azul y la dimensión temporal de nuestra aparición como especie).

En la era del acetato y la cinta magnética se optó por la durabilidad del primero, fabricado en cobre y forrado de oro. Contiene 90 minutos de música (destacan la quinta de Beethoven, uno de los conciertos de Brandenburgo de Bach, un aria de La flauta mágica de Mozart, Johnny B Goode de Chuck Berry y hasta El cascabel de Lorenzo Barcelata y el Mariachi México –Here comes the sun de los Beatles, no fue incluida por problemas de los derechos discográficos), 118 fotografías, ladridos de perros, cantos de ballenas, voces humanas y el encefalograma de Ann Druyan, quien trabajó el proyecto con Sagan y Tim Ferris. La misión era enorme, tres personas discutiendo café tras café si grabar voces en muchos idiomas, cuáles, quiénes, cómo, tal o cual canción, sonidos de grillos, de las olas, del viento. Por ello el 3 de junio de ese año, la gráfica del comportamiento cerebral de Ann, que había preparado un libreto de ideas y acontecimientos que repasaría para estimular estas ondas, dejó en claro que los seres humanos nos enamoramos. Ese registro del amor que había nacido entre Sagan y Druyan es parte del soundtrack que nos retrata interestelarmente.

Medir, registrar, comunicar los resultados ha sido parte fundamental de nuestra curiosidad científica, como lo muestra el trabajo reciente del artista tejano Dario Robleto (expuesto en el Museo de Bellas Artes de Houston hasta enero del 2015). Gráficas y aparatos de los intentos plásticos y sonoros por tomar el pulso al corazón, a la respiración, al cerebro son pruebas del empeño. Desde luego las ondas de Druyan son parte de este proyecto que estimuló la recolección de otros empeños desde el siglo XIX por parte del artista apoyado por la Fundación Menil. El Disco de oro que flota en el Voyager en un espacio más allá del Sistema Solar es sobre todo una empresa romántica. La propuesta de dejar un mensaje al garete, de que ese mensaje contenga los sonidos e imágenes que nos retratan, aunque sea parcialmente, y que haya sido la circunstancia por la que dos científicos fundaron una vida juntos no deja de ser un cuento dulce. Uno que se quiere escuchar.

Ray Bradbuy relata el sentido del encuentro del otro en el cuento que marcó mi devoción por el género: La sirena. Un monstruo marino, algún vestigio de vida dinosáurica, que vaga solo por los mares se exalta a la vista de un faro luminoso y el desgarrado sonar de su sirena. Aquella luz parpadeante y esa voz le parecen prueba de la existencia de otro como él. El silencio posterior será la condena despiadada a la soledad y al abismo milenario.

Esa sirena y ese parpadeo flotan en el abismo del tiempo y el espacio anhelando al otro.

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