Cultura

El desprestigio del olfato

Tal vez los olores nos subyugan porque no podemos describirlos. Aunque el aroma más ordinario sea capaz de disparar una cauda de evocaciones, el aroma en sí elude el vocabulario, se resiste al esfuerzo de fijarlo con el alfiler de una palabra exacta, al afán de diseccionarlo en elementos y cualidades, como si esa bola imparable de asociaciones hubiera sido ocasionada por algo acariciador y al mismo tiempo incierto, tan imponderable como evanescente. Aludimos pero no acertamos; desplazamos la descripción hacia el origen —huele a guayaba a punto de pudrirse; huele a vagón del metro de la línea rosa—, y aunque el frasco de perfume esté aquí, ante nuestras narices, las palabras se estrellan contra el cristal a la manera de moscas perturbadas que habitaran un mundo muy distante.

Como si las fragancias con que ungimos nuestros cuerpos sólo admitieran nombres atractivos y exóticos, las casas de perfumes han sabido sacar provecho del reducido léxico de los olores para envolver sus productos en un halo de enigma. “Algalia” y “almizcle” se antojan palabras demasiado eufónicas para nombrar las secreciones que los ciervos y las civetas producen en las inmediaciones del ano —y que luego rociamos coquetamente sobre nuestro cuello—; y lo mismo puede decirse del ámbar gris, utilizado para fijar los perfumes, que el cachalote expulsa de forma espontánea al océano para prevenir obstrucciones intestinales. Esa costumbre eufemística ha sido continuada en las etiquetas de Trésor, Samsara, Mystere o Magia Negra que, gracias a la persuasión de un nombre, buscan establecer un vínculo indestructible entre la fragancia y el embrujo.

Más allá del aura de hechizo con que rodeamos las fuerzas innombrables, la limitación y torpeza del lenguaje olfativo quizá guarda relación con el desprestigio de los olores, con el ideal imperante de una vida cada vez más desodorizada, que no se detiene en su obsesión por ocultar los efluvios naturales. Al menos desde la época de los griegos el olfato ocupa un lugar inferior en la jerarquía de los sentidos, una escala en la que la vista y el oído —los sentidos “nobles”—, se situarían en la cúspide, mientras que la percepción olfativa sería relegada a un tercer plano, incluso por debajo del gusto, pues en ella lo vulgar se mezcla con lo primitivo y lo obsceno.

Platón entendía el olfato como un sentido ligado a los deseos y la animalidad, que aparta al hombre del contacto con el reino de la perfección abstracta, promueve el afeminamiento e invita al placer carnal. Pese a que Sócrates reconocía en el olfato una fuente de información valiosa para la vida práctica, también desaconsejaba caer bajo el yugo de sus poderes —de tipo más bien emocional y hedonista—, y en general su actitud con respecto al hábito ya por entonces bastante extendido de prender inciensos y perfumarse era de negación y condena. Un par de siglos antes, Solón, uno de los siete sabios, había promulgado un edicto en el que prohibía la venta de perfumes en Atenas, impulsado, según el gran cosmetólogo Eugène Rimmel, no tanto por consideraciones de orden filosófico sino porque las tiendas de perfumes “eran el refugio de los desocupados”.

La devaluación ancestral del olfato quizá se explique por la inmediatez a la que suele constreñirnos. El reino de los olores es intenso y a menudo perentorio, un reino de señales abundantes, pero sobre todo de impulsos y reacciones, que nos produce apetitos, ensueños, rechazos. El efecto de un olor es tan instantáneo, a veces tan visceral, no mediado por la deliberación y el juicio, que incluso se diría que no nos concierne del todo: un vestigio de épocas remotas que, a la manera de un fósil perceptivo que nos turba y no sabemos muy bien qué hacer con él, ha quedado alojado en la raíz de las estructuras arcaicas del cerebro.

Esa antigua devaluación del olfato se expresa todavía hoy en la división del trabajo. A lo largo de las generaciones ha sobrevivido una jerarquía relacionada de alguna forma con la exposición a los olores, comenzando con las tareas más asépticas e intelectivas, ubicadas en la torre de marfil, para terminar en las decididamente físicas o sucias, como la de barrendero, el encargado del rastro o el limpiador de baños, labores todas que involucran pestilencias. Y otro tanto sucede con el oficio más antiguo del mundo que, desde los poemas de Juvenal, se asocia a lo hediondo e impuro: les putains quiere decir, literalmente, “las pestilentes”, designación que se extendió en las principales lenguas de Occidente —puttana, putain, old put, puta—a partir de la raíz indoeuropea pu, que significa descomponerse, pudrirse (de allí también “pus” y “putrefacto”, y en italiano puzza, y que quién sabe si en un inicio recogía las interjecciones del desagrado ante el mal olor: ¡puaj!, ¡puaf!).

Pero la devaluación no se detiene allí. En su primitivismo semántico el olfato nos emparentaría con los animales “inferiores”, con los perros y las ratas particularmente, que en términos generales establecen sus patrones de conducta a partir de los olores, y cuyos sistemas olfatorios son decenas de veces más agudos que el del ser humano. Si el rinencéfalo, el conjunto de estructuras del sistema límbico responsables de la olfacción, ocupara en los hombres la misma proporción de tejido cerebral que ocupa, por ejemplo, en los animales de presa, con toda seguridad habitaríamos un mundo preverbal, tan arrollador como tiránico, en el que todas las cosas a nuestro alrededor emitirían señales envolventes, embriagadoras o fétidas, y en el que imperaría la excitación, el miedo y, por supuesto, el asco.

 

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