Cultura

El círculo roto o el drama country posmoderno

La pantalla aún está en negros pero los acordes del banjo, el violín, la guitarra y el contrabajo inundan la sala y mi mente mientras le digo a mi acompañante en tono de broma “¡No sabía que habíamos entrado a ver una película country!” Entonces aparecen las primeras imágenes que confirman mi percepción de hace unos instantes: seis hombres enfundados en trajes y botas de un blanco impecable, sombreros de vaqueros y por supuesto la obligada e infaltable barba larga y mullida comprueban que estamos frente a una banda country que zapatea, aplaude y lanza algún que otro ¡yiiija! para acompañar los veloces acordes de sus instrumentos mientras el respetable bebe y vitorea la actuación.

La canción es pegajosa y varios espectadores nos descubrimos moviendo la cabeza o las manos al ritmo del número musical a manera de obertura de un filme que se nos antoja un drama country de la vida real. Y en efecto, eso es esencialmente El círculo roto (Bélgica-Países Bajos, 2012), de Felix van Groeningen, quien nos invita a husmear en la vida de Didier, el líder de esta agrupación country que toca en bares de alguna localidad de Bélgica (sí, por más extraño que parezca son belgas tocando country). La vida de este hombre bohemio, admirador del American Way of Life, y en particular de George Bush (el filme está ubicado en el 2001 cuando el atentado a las Torres Gemelas) da un giro cuando conoce a una sexy y desenfrenada rubia de tatuajes de colores diseminados por su figura delgada y blanca como un lienzo dispuesto a ser intervenido por diversos artistas. De este modo asistimos al primer encuentro entre ambos con medias sonrisas, miradas cómplices y una química que parece exudar de sus poros. La pasión los envuelve durante siete años y fruto de su amor y de un embarazo inesperado nace Maybelle, la luz de sus ojos. Parecen tener la vida perfecta, un círculo de felicidad completo, no obstante la desgracia acecha y se materializa en forma de cáncer que ataca a la más vulnerable, la pequeña Maybelle.

Lo que viene después es predecible: interminables sesiones de quimioterapia que se tornan aún más devastadoras por tratarse de una niña que no comprende por qué se le está cayendo el cabello, mientras sus padres tratan de ocultar frente a ella su dolor y angustia ante las malas noticias del médico que les notifica que la quimioterapia ha sido inútil.

Hasta allí la premisa del filme no es nada nuevo, la historia la hemos visto un millón de veces: cómo la muerte de un familiar y sobre todo de un hijo destruye a la pareja y la vida que tenían antes de la tragedia. Sin embargo, la diferencia está en la forma de narrar y de aproximarse a un tema suficientemente abordado para que pueda tornarse único. No obstante, éste no es el caso de El círculo roto, ya que el director recurre no una, ni dos, sino casi seis veces a la inclusión de números musicales de country (y aunque te guste el country eso es demasiado y si no te gusta terminarás odiándolo aún más) bajo la justificación de que sus personajes protagónicos, Didier y Elise, forman parte de la misma banda musical y con la intención de que este elemento funcione como una especie de respiro para el espectador frente a la densa carga dramática. Sin embargo, este exceso de canciones lo único que denota es una pobreza inmensa en cuestiones narrativas para presentar y resolver situaciones, lo que provoca que el filme se quede en la superficie sin ahondar lo suficiente en el dolor y los procesos psicológicos de los padres por la pérdida de la hija. Si acaso tímidamente pretende abordar el rechazo de la fe ciega en el sueño americano cuando Didier reflexiona acerca de cómo el gobierno de su tan idolatrado Bush prohibió los experimentos de células madre en la cura contra el cáncer, avances científicos que podrían haber salvado a su preciosa Maybelle, porque ese tipo de procedimientos van en contra de los preceptos religiosos.

El círculo roto está, como su nombre lo indica, fragmentado, buscando la emotividad en el espectador pero consiguiéndolo sólo en partes y distrayendo su atención de lo verdaderamente importante con un protagonismo innecesario de la música, que aunque a veces es disfrutable, rompe con el dramatismo de la historia que en lugar de ser la protagonista termina siendo un simple acompañamiento.

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