Cultura

Cuando lo que cae no cae

Causa-efecto propone este número de la revista. ¿Hay otra manera de entender el mundo que la cartesiana? Por obvio, se me dificultan las aristas para atrapar la propuesta. Si yo busco las palabras, las selecciono para que rompan el silencio de la página en blanco y no lo hago de una manera arbitraria espero comunicar algo. Si las palabras cayeran en vertedero, de todos modos podría suponer en su arbitrario patrón un destino, una intención. Como si su arreglo tuviera una causa más allá del entendimiento que las obliga a decir algo. ¿Es eso la lectura de cartas? ¿La quiromancia? El oráculo podía predecir el futuro pero sabiendo las consecuencias quienes intentaban huir de él, como Edipo, daban de bruces con las causas que producían el efecto indeseado. Es como si estuviéramos atrapados en esa ecuación: a tal acción corresponde tal reacción. De hecho es nuestra red de protección.

Imagino el desaliento al que sería lanzada nuestra especie si cuando tiramos una pelota desde lo alto, la pelota no cae a la velocidad que le imprime la fuerza de aceleración de la gravedad, si no que en ese momento la pelota se desliza a la izquierda o se eleva sin que le hayamos dado el impulso lógico, o se disgrega en mil pelotas o de su centro escurre una masa que se vuelve un velo que nos ahoga. Estaríamos en el terreno de lo fantástico, de las reglas subvertidas. En un mundo donde la relación causa efecto que conocemos no corresponde a lo que observamos. Sólo podríamos habitar ese mundo ideando otras leyes para comprender su funcionamiento, o desconociendo la relación entre la causa y el efecto; habitando un mundo donde todo puede ser, o donde todo es.

En este mundo hipotético donde los cuerpos no experimentan caída libre y todo es posible, el sonido podría brotar del alma de metal, las piedras derretirse, las mariposas tener caras de personas, los cocos salir volando hacia las nubes donde los caballos galoparían incansables. Un mundo donde todo es excepción. De vivir en la excepción el asombro estaría anestesiado; la incertidumbre sería la constante. Quizás seguiríamos buscando el patrón, la repetición que permita elaborar conjeturas: si meto la mano al fuego me quemo. Ya luego vendrían las metáforas donde el proceder humano también debía cuidarse para no correr peligro. Jugar con fuego… Play with fire, cantan los Rolling Sones.

 

La conducta humana también ha intentado descifrarse a través de observaciones, anotaciones, patrones que permiten deducir los efectos derivados de ciertas causas. El conductismo exacerbado despliega su crudeza en la película de culto: Naranja mecánica. ¿Quien puede olvidar los ojos de Malcolm McDowell sujetos de manera que no puedan pestañear? En actos simples y cotidianos, a determinada acción corresponde una reacción: a la amabilidad un agradecimiento, a la violencia una respuesta agresiva, al amor el amor, al cobijo el cobijo. Pero no siempre es así. Hay reacciones inversas a lo que se espera. El placer que deriva del dolor físico en el masoquista y en el sádico. O aquello que se bautizó como el síndrome de Estocolmo, ese apego de la víctima al secuestrador. Pienso en el mítico caso de Patricia Hearst que después de su secuestro por el Ejército Simbionés de Liberación en 1974 se une a la causa. O de manera descarnada y al margen del circuito noticioso, aquel cuento de Thomas Mann, “Tobías Mindernickel”, donde un hombre deslucido, que no es querido ni respetado por los de su barrio, un día se lleva a su casa un perro herido y lo cura. Las muestras de afecto del perro son tales, que decide lastimarlo y curarlo de nuevo para que el perro se sienta agradecido y le profese la gratitud que los hombres no le han dado, así hasta el límite que va minando la comprensión del animal y el afecto que esperaba el amo. Un cuento que pone los pelos de punta en este universo donde hemos pensado que los efectos de nuestras acciones están bajo control.

Si leer estas líneas no ha despertado su interés, sus dudas, su acuerdo o desacuerdo. Si el texto no ha provocado alguna reacción, estaré pisando el terreno del mundo subvertido donde cada palabra dejará de tener su razón de existir. Y tal vez, lector, usted decida comérselas, colgarlas de la lámpara, hacer un móvil con ellas, o fumárselas. Al fin y al cabo, la incertidumbre siempre nos acecha.

 

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