Cultura

Contra lo efímero

Yaddo es el nombre de la casa y la corporación que invita a artistas de diversas disciplinas a residencias temporales en el norte del estado de Nueva York, cerca de Saratoga Springs, desde hace cien años. En abril pasado, allí me tocó presenciar la instalación de Adam Kuby quien con hilo rosa enmarcó la silueta de un montículo de nieve. La silueta estaba sostenida por varios hilos verticales que pendían de uno tendido entre dos árboles. Nos llevó caminando entre el bosque seco de una primavera tardía para descubrirlo con la brillantez casi neón del hilo. Dijo que su tema siempre era el cambio. Y claro, como la nieve se derretiría, la instalación sólo tendría sentido en ese breve lapso de tiempo en que lo blanco se volvía humedad en tierra. Había una particular belleza en llamar nuestra atención al proceso de cambio, a lo pasajero de las formas. Qué evidencia más clara que la estacionalidad, los procesos climatológicos que son cambio constante.

Al cabo de unos días donde se retrató el montículo y su marco, pues Adam ya se había ido, se desmontó el tendido. Y con eso, la huella para quienes no lo atestiguaron. Los que estuvimos allí fuimos espectadores de lo efímero; de una forma deliberada presenciamos lo que hubo que ya no hay en un corto lapso de tiempo. Una manera de acelerar los cuadros por segundo en la película. Porque visto desde otra escala, no hay proceso que no sea efímero. La vida lo es, lo que se construye se erosiona con el tiempo si es que no empleamos las capacidades técnicas y esfuerzo humano para que no lo sea. El arte es una de nuestras maneras de protestar contra lo inexorable: el tiempo, la mudanza, la vida y la muerte. Pero aún las manifestaciones del arte, que siguen hablando desde el tiempo, tienen fecha de caducidad, tarde o temprano el color se volverá superficie blanca o muro encalado para que nuestra percepción contemporánea suponga que así fue; uno de estos días el mármol, menos amenazado que otros materiales, se pulverizara a fuerza de viento y agua. Será difícil presenciarlo pues su escala de decaimiento rebasa por mucho la de nuestras vidas. Los libros mismos o su versión electrónica están sujetos a las perversiones del tiempo: la durabilidad de la tinta y el papel, los incendios, las tecnologías obsoletas y sus soportes cambiantes. La memoria no es privilegio inagotable de nuestro cerebro. Nuestro estar en el mundo que conocemos es apenas un suspiro en el calendario cósmico de Carl Sagan y la presencia de los hombres en la Tierra un pedazo de día. Y el Big Bang nos habla de un momento en que no hubo el universo al que pertenecemos que tarde o temprano implosionará porque los planetas y soles, las galaxias y hoyos negros eran parte del plan de lo que un día está y al otro ya no. Hay estrellas, bien sabemos, que sólo son el fantasma lumínico de lo que fueron años luz atrás.

Es quizás la conciencia devastadora de lo efímero lo que nos hace querer sostener nuestra voluntad e insignificancia con alfileres de oro a un corcho indeleble. Nos partimos la vida por ello. Amamos, fundamos familias, amueblamos casas, fabricamos vinos, ideamos rituales, inventamos proyectos o artefactos, pintamos cuadros, componemos música como si todo ello pudiera detener la inminente caída hacia el final del tendido. La nieve se sigue derritiendo pero nosotros, y allí mi admiración por nuestra especie, hacemos lo inimaginable por fundar filosofías, afilar la punta de nuestros alcances, inundar el mundo de formas y sonidos, imágenes y gestos que nos den la ilusión de permanencia. Al fin y al cabo, si la cámara transmite cada segundo de las tomas que ha hecho de ese montículo que se derrite, con la lentitud suficiente, habrá nieve para rato y marco para jugar con ella y su proceso. No nos podemos rendir a la contundencia de lo efímero; no estaría yo escribiendo estas líneas, mientras Adam Kuby apresa la silueta evanescente de la nieve y ustedes leen esta revista.

 

 

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