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PRESENTA ARGENTINO DIAMENT OBRA EN PARÍS SOBRE LA BANALIDAD DEL AMOR

El amor puede dar sentido a la vida de una alumna y colmar el ego de su profesor, pero es irrelevante ante el mundo, sobre todo si este se hunde, aunque la alumna se llame Hannah Arendt y el profesor, Martin Heidegger.

A eso apunta “Un informe sobre la banalidad del amor”, la obra del argentino Mario Diament que estos días puede verse en el Teatro de la Huchette, de París.

“Hay [en la obra] un mensaje sobre la función del intelectual en sociedades autoritarias”, concede el autor en una entrevista telefónica con la AFP.

La pieza recorre casi tres décadas de la relación entre la gran pensadora de los fenómenos totalitarios del siglo XX y el filósofo alemán que “reinventó el acto de pensar”, como le dice su admirativa y joven discípula al entrar por primera vez en su despacho de la Universidad de Marburgo.

Que Hannah fuera valiente y Martin tuviera familia y una reputación que defender era lo de menos. Más preocupante es que, cuando Hannah le dice haber aprendido que el amor puede vivirse con total libertad, Martin le replique: “Esa es la pequeña judía que hay en ti”. Y más grave aún, en la “ficción” de Diament, es que el autor de “Ser y Tiempo” legitimara por inercia, convicción o cobardía -nunca se supo- la instalación de Hitler en el poder.

¿Sus razones? Veía al nazismo como un fenómeno que serviría para devolver al “pueblo” una dignidad pisoteada por la violencia y el hambre “mientras un grupo de banqueros internacionales juega con el destino de Alemania como si se tratase de un mazo de cartas”.

Ya se habrá entendido: cualquier similitud con la actualidad no es fortuita y quizá por eso la obra haya pegado con fuerza allí donde se montó desde su primer estreno en Miami en 2009: Buenos Aires, Santiago, Caracas, Sao Paulo, Río de Janeiro, Montevideo y ahora en París bajo la dirección de André Nerman, que también interpreta el papel de Heidegger, junto a una convincente y emocionante Maia Gueritte en el de Arendt.

En su doble oficio de director y actor, de mentor universitario y amante, Nerman parece en cambio alternadamente dentro y fuera de su personaje, como si los besos con los que concluye cada encuentro a lo largo de los años tuvieran más función de demostración que de expresión de una pasión.

A menos que esa distancia sea intencional, como ocurre claramente cuando un ansioso y ya derrotado Heidegger dice: “Solo el amor es capaz de infundirle razón a la existencia”. Lo dice sin demasiada convicción, pero no tendría por qué tenerla pues solo está ahí esperando que Hannah lo ayude a blanquear su pasado para reintegrar el mundo académico.

Y Hannah lo ayudará.

“En situaciones amorosas, las grandes mentes se comportan igual que cualquier otra”, se resigna Diament.

 

La ceguera histórica y la ceguera del amor

La crítica francesa recibió la obra con elogios y la relacionó con el éxito de la película “Hannah Arendt”, de Margarethe Von Trotta. Unos estrenos que coinciden con otras creaciones y publicaciones sobre esas dos grandes figuras del siglo pasado.

Heidegger sale empequeñecido, y sólo atina a explicar: “¿Qué entiendo yo de política? ¡No entiendo nada! […]No pretendo haber sido un hombre valiente. Mi mundo es otro, lo sabes… Es el mundo del pensamiento y la reflexión”.

“Obviamente, es muy difícil salir engrandecido de una situación de esa naturaleza. Heidegger fue un manipulador en muchos sentidos”, dice Diament, quien sin embargo asegura haber tratado “de ser objetivo con el personaje”.

Hannah Arendt, exiliada desde 1940 en Estados Unidos, fue víctima de otra forma de ceguera.

La mujer que desafiaba las ideas establecidas acercando estalinismo y nazismo y que escandalizaría al acuñar el concepto de “banalidad del mal” para explicar cómo el mediocre funcionario Adolf Eichmann se convirtió en una pieza mayor del Holocausto nazi aceptó con aparente ingenuidad las excusas de Heidegger.

Como lo avanza uno de los Académicos que discurren (en una pantalla en la puesta es escena de París) a la manera de un coro griego, en su reflexión sobre Eichmann, Arendt también podía estar tratando de desentrañar, “de una manera elíptica”, las causas de los insoportables compromisos políticos de su examante.

¿Puede todo ello servir de lección en momentos en que la actualidad remite a menudo a los años 1930, con trasfondo de crisis económica, derivas autoritarias y auge del racismo?

Diament, dramaturgo y periodista, se muestra cuanto menos escéptico.

“Son fenómenos de sociedades que de pronto enceguecen”, afirma, y recurre a las comparaciones con el “proceso de gran locura” vivido en la Argentina de los años 1970, cuando fungía como jefe de redacción del mítico diario La Opinión, y con la Argentina actual.

“En los años 1970, el retorno del peronismo al poder estuvo asociado a movimientos de masa como los movimientos fascistas de los años 1930”, en tanto que hoy hay una “producción periodística asociada, inspirada y financiada por el gobierno” junto a una ofensiva para “controlar a la justicia”.

“Pero da la impresión de que nadie reconoce estos signos” y de que “mucha gente inteligente los niega”, apunta.

La polarización de Argentina se refleja en los medios, divididos entre los que acusan a la oposición de “golpista” y los que denuncian casos de corrupción, manipulación de datos y una voluntad de acaparamiento del poder. El gobierno impulsa una serie de leyes de “democratización de la justicia”, una de las cuales limita la duración de las medidas cautelares a las que se acogió Clarín, el mayor grupo argentino de medios, para frenar la aplicación de una cláusula antimonopólica que le obligaría a desprenderse de licencias de radio y televisión.

 

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