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LA LETRA CON SANGRE ENTRA: WHIPLASH, LA OBSESIÓN A LA “N” POTENCIA

© Blumhouse Productions, Bold Films, Right of Way Films.

© Blumhouse Productions, Bold Films, Right of Way Films.

Un profesor de música con métodos muy poco ortodoxos cimentados en la humillación, la violencia y el destrozo absoluto de la autoestima, mezclado con el ardiente deseo obsesivo de un joven estudiante que busca convertirse en el próximo Charlie Parker y trascender, todo ello adicionado con los acordes frenéticos de un jazz crudo, salvaje, frenético, de ese que contamina la sangre y la alborota hasta el punto de ebullición, da como resultado Whiplash (EUA, 2014), un filme que acapara todos los sentidos y que ha conquistado también una merecida nominación a Mejor Película en la próxima entrega de los Óscar. Un lugar ganado a pulso por su joven director, Damien Chazelle, quien también es el guionista y quien a juzgar por su primera incursión cinematográfica, Guy y Madeline en una banca del parque, en 2009, donde se centraba en la figura de un trompetista y su historia de amor con una joven reservada, es claramente un apasionado del jazz.

En esta ocasión, Chazelle dirige todas las miradas hacia Andrew, un baterista que aspira a transformarse nada menos que en el más grandioso baterista de jazz vivo. Su ambición le lleva a dedicar jornadas enteras a practicar sin parar, hasta incluso desgarrar la carne de sus dedos por el tremendo esfuerzo que le supone golpear los tambores a un ritmo francamente desquiciado. Ser un genio cuesta y cuesta lágrimas, sudor y sí, mucha sangre. Su obsesión es enaltecida y motivada por Terence Fletcher, el Director de la Orquesta del Conservatorio en el que estudia Andrew, el mejor de la ciudad. Andrew desea a cualquier costo pertenecer a la orquesta y ser el baterista titular, pero para ello deberá soportar el difícil carácter, por llamarle de algún modo, de su Director, un hombre inflexible, prepotente, autoritario, exigente, que se regodea con la humillación y miseria de sus estudiantes, totalmente justificadas en su búsqueda de la excelencia. “¿Qué hubiera sucedido si a Charlie Parker no le hubieran tirado en la cara un platillo?, no hubiera existido un Charlie Parker”, le explica en un par de ocasiones a Andrew como diciéndole: “Si te pego un par de cachetadas enfrente de la clase es por tu bien”. Lo escalofriante del asunto es que Andrew comienza a creer que eso es lo que necesita para lograr su objetivo de ser el mejor. A medida que avanza la trama, la violencia también aumenta proporcionalmente con la disminución de la autoestima del protagonista, que aunque intenta resistirse a la presión aplastante del maestro y su régimen dictatorial, busca complacerlo y alimentar, al mismo tiempo, su obsesión hasta el punto de poner en peligro su propia vida.

Whiplash es un filme seductor en todo sentido. Seducen las actuaciones que son sobresalientes, en particular J. K. Simmons está imponente como el profesor autoritario y desequilibrado, con una presencia en escena que provoca escalofríos; seduce el montaje, un verdadero goce sobre todo en las secuencias musicales donde empalma con cada compás, siguiendo el ritmo de la melodía como un integrante más de la orquesta en una sinfonía por demás armoniosa. La música es tema aparte. Esta película se disfruta con los oídos bien abiertos, las partituras “Whiplash” y “Caravan” lo inundan todo, el celuloide, la pantalla, la mente y es imposible no descubrirse moviendo la cabeza o el pie al ritmo contagioso de los saxos, clarinetes y por supuesto de la impresionante batería, que demuestra su valía en un solo que podría ser interpretado únicamente por un genio.

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