Cine

DEL CINE Y SUS IMÁGENES POR JOSÉ ANTONIO VALDÉS PEÑA

Derivada del latín Imago, una imagen es la representación de un objeto real o imaginario. Dicha representación afecta directamente a nuestros sentidos. Visual si dicha imagen penetra por los ojos, auditiva si los sonidos del mundo remiten a nuestra mente a imágenes determinadas, olfativas si los aromas que se adentran por la nariz evocan sensaciones, emociones, recuerdos a veces escondidos en lo más profundo de nuestra memoria.

El cine hizo de la imagen en movimiento la materia misma de su existencia. El Cinematógrafo fue más allá que la pintura y la fotografía logrando que el mundo retratado se moviera. Aunque finalmente se tratara de una representación más de la realidad circundante. Con los hermanos Lumière y los filmes de Thomas Alva Edison, el cine tuvo una vocación documental, atrapando entre sus imágenes lo que pasaba frente a la lente.

Pero hacia fines del siglo XIX, el público ya se había saturado de realidad. Hubo de llegar el cineasta ilusionista Georges Meliès para que la imagen cinematográfica rompiera con su vocación documental y nacieran visiones de mundos o personajes fantásticos, solamente imaginados con anterioridad en la literatura.

Los cineastas, además del lenguaje cinematográfico, cuentan con las imágenes en movimiento para expresar su visión del mundo. En particular, siento que los cineastas pionerosque se desempeñaron durante la etapa del cine silencioso supieron aprovechar al máximo la fuerza de la imagen. Algunos de ellos inclusive alcanzaron verdaderos momentos de poesía fílmica. F.W. Murnau, en su versión del mito vampírico, “Nosferatu, la Sinfonía del Horror” (1922), planteó imágenes imperecederas  sobre la soledad (el vampiro protagonista deambulando por las calles cargando con su propio ataúd), la muerte (el mismo vampiro enfrentando el final de su existencia, poco después de saciar su sed de sangre, ante los implacables rayos del sol) y la atracción casi perversa hacia lo desconocido (el ser de ultratumba subiendo unas escaleras con su sombra extendiéndose repelentemente por las paredes).

Imágenes, miles, millones de imágenes han conformado la historia del cine. Y con ellas, sus creadores han creado piedras de toque incrustadas sin remedio en el imaginario colectivo.

La evolución misma del hombre fue planteada en imágenes por Stanley Kubrick en “2001: Odisea del Espacio” (1968). Desde luego, dicho planteamiento va de acuerdo a la pesimista visión que el cineasta tenía de la condición humana. Por entrar en contacto con un monolito extraterrestre, un hombre primitivo ha descubierto que el hueso de un animal muerto puede convertirse en un arma mortal para defender su territorio. Y la aplica contra el cráneo de un clan rival cuando defiende una charca que provee de agua a los suyos. Fervoroso por el calor del combate, el primate humanizado arroja el hueso-arma hacia el cielo. Éste gira varias veces en su trayecto hacia el infinito. Y al caer, Kubrick nos envía miles de añoshacia el futuro. Lo que vemos entonces es un dispositivo nuclear que flota en medio del silencio del espacio. Con estas imágenes, el director plantea su desencantada visión de una criatura que pasó de las armas primitivas a las de destrucción masiva más allá del propio planeta tierra.

Luis Buñuel fue otro gran creador de imágenes. Desde su cortometraje surrealista “Un perro andaluz” (1928) hasta el final mismo de su carrera, “Ese oscuro objeto del deseo (1977), el universo buñueliano se expresaba casi siempre a través del lenguaje de los sueños, o bien, de los delirantes tejidos de la alucinación. En “Los olvidados” (1950), el niño protagonista, rechazado por su madre y sobreviviente en la dureza de las calles, supura durante una secuencia onírica todas sus ansiedades, sus deseos insatisfechos, de la carne que la madre le niega, del amor que la mujer se niega a prodigarle. Al mismo tiempo, su inocencia perdida se asoma en el cadáver sanguinolento del chico a quien ha visto morir sin impedirlo, mientras el victimario amenaza con arrebatarle la carne y la madre al mismo tiempo. Son imágenes surreales, filmadas en cámara lenta, que desgarran un filme hiperrealista en su descripción de la miseria social y humana. También memorable es la imagen de la niña que arrastra una sábana orinada por la desolada callejuela de un pueblo azotado por la peste en “Nazarìn” (1958).

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