Cine

Balada de un hombre común: o lo tienes o no lo tienes

¿Qué estás haciendo? es la interrogante que Llewyn Davis Lee en la pared de un baño sucio de algún paradero perdido en medio de una carretera, mientras en el inodoro contiguo su compañero de viaje, un viejo gordo que alguna vez fue un famoso músico, se ahoga en su propio vómito tras una sobredosis de heroína. Músico de folk, en sus treintas, sin un peso en el bolsillo, desaliñado, casi vagabundo sin hogar, pidiendo una noche sí y la otra también refugio en un sofá de algún amigo o conocido, Llewyn Davis no conoce la respuesta a semejante cuestionamiento. ¿Qué estás haciendo? se pregunta mientras invierte su tiempo y su escaso dinero en tocar y cantar en un tugurio de folk en Nueva York, ante un público que le aplaude un día a él con sus canciones de letras profundas y sentimiento, y al otro a un trío de hombres enfundados en sweaters blancos, pelo engominado, sonrisa perfecta, contenidos y de imagen prefabricada. ¿Qué estás haciendo? vuelve a recriminarse cuando la mujer de su mejor amigo le notifica que está esperando un bebé suyo y le exige que se haga cargo del aborto y por supuesto de los gastos, mientras él continúa albergando la ilusión de convertirse en un grande de la música folk. Llewyn Davis es un buen músico, toca y compone, ha grabado varios discos, pero no es genial y nunca lo será. Es algo terrible, pero cierto. Su lucha es una lucha inútil, como la de tanta gente que quiere destacar en algo y por más que lo intenta no lo logra. Es así, se tiene o no se tiene y Llewyn Davis no lo tiene o al menos no tiene lo que la industria busca. No es casualidad entonces que el más reciente filme de los hermanos Coen, Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, EUA-Francia, 2013), comience y cierre con la canción “Hang Me, Oh Hang Me” (algo así como “Ahórquenme, Oh, Ahórquenme”), deseo que cruza por la mente de su protagonista, Llewyn Davis, cuando la realidad le escupe al rostro una y otra vez su condición de fracasado. Ethan y Joel Coen, dueños de un universo particular e inconfundible, con personajes extravagantes, historias únicas, y ese humor negro que en ocasiones raya en el absurdo, construyen aquí un retrato entrañable, emotivo y a la vez amargo y duro, acerca de un individuo que ve destruidos sus sueños ante la lapidaria realidad. Una y otra vez Davis intenta destacar en la escena folk neoyorquina sólo para hundirse más en el anonimato y en una vida sin dirección ni futuro. Sin embargo, no se resigna a dejar de hacer lo único que lo hace feliz, interpretar, pues no quiere  simplemente “existir” como lo hizo su padre, un marino jubilado, o su hermana, una ama de casa. Llewyn Davis quiere ser.

Los Coen, versátiles, en su trayectoria de más de tres décadas  —este par de cineastas han incursionado en géneros tan disímiles como el cine negro, comedias hilarantes y retorcidas que navegan en el terreno surrealista, o bien thrillers policiales, e incluso hasta musicales como O Brother!— se internan aquí en el universo del folk de la década de los sesenta, e invitan al espectador a entrar en contacto con este tipo de música cuyo mayor exponente ha sido Bob Dylan. El vocablo folk tiene un origen anglosajón y hace referencia al folclore, a la música tradicional. El folk norteamericano surgió de la diversidad de ritmos de los inmigrantes que se dividían entre el blues negro, proveniente de la adaptación de los ritmos africanos que después se multiplicaron en varias vertientes como el jazz y el rhythm and blues; y el country blanco, derivado principalmente de la balada y los bailes británicos. Las raíces del folk están fundamentalmente en el country. Ambas corrientes comparten sonidos similares e incluso instrumentos: el violín, la guitarra acústica, el banjo. No obstante, el folk alzó la voz y se separó del country, forjándose un lugar propio en la escena musical norteamericana de principios del siglo XX cuando adoptó un carácter político, social y de lucha que el country no tenía. Así, los músicos de folk dieron voz a los marginados, a los obreros, a las protestas contra la guerra de Vietnam y las injusticias sociales, bases de lo que sería también la trova latinoamericana en las figuras de grandes como Víctor Jara o Mercedes Sosa. En Balada de un hombre común, los Coen nos introducen en el mundo de los artistas de un género menor que tardó en despuntar con exponentes como el recientemente fallecido Pete Seeger, un verdadero icono, mentor de genios como Dylan o  Don McLean y el propio Dylan, una leyenda. Sin embargo, no fueron muchos los que en verdad lo lograron. Los Coen parecen haberse inspirado en la vida de otro de los pioneros de la música folk, Woody Guthrie, para quien las cosas, al igual que en el caso de Llewyn Davis, no fueron nada sencillas. Buena parte de su vida la pasó como vagabundo, viajando por todo el país, cantando en los trenes y en todo lugar donde se le quisiera escuchar. Una vez afincado en Nueva York se dedicó a cantar en el metro y más tarde, con la explosión de la Segunda Guerra se enroló en la marina. El personaje de los Coen, encarnado por el actor y cantante guatemalteco Oscar Isaac, quien interpreta con una voz suave y mucha emotividad las canciones que se incluyen a lo largo de la cinta, y que son un placer para los oídos y el alma, también vagabundea por las calles, viaja en busca de oportunidades e incluso es marino de profesión. ¿Casualidad? No hay casualidades en los filmes de los Coen, y éste no es la excepción, todo está perfectamente cuidado y cada elemento tiene su coherencia y su justo lugar en un guion sólido, desgarrador y al mismo tiempo con guiños de humor y buenas actuaciones. Incluso sorprende la participación sobria y puntual del cantante Justin Timberlake, así como sus aportaciones artísticas en las canciones adaptadas por T-Bone Burnett que conforman un soundtrack que seduce los sentidos de quien le presta oído. Un filme sin concesiones, con una temática universal y existencialista que invita a la reflexión acerca del significado de la felicidad y de la vida misma.

Por Orianna Paz

 

Últimas noticias