Cultura

Aquí en la mesa no hay nada

Tres botellas ámbar, cinco latas de cerveza,
un pequeño garrafón de sidra,
tres cajetillas de cigarros, dos vacías y una con 15 cigarrillos.
Alquimia en la mesa de estudio, Simic abierto en un epígrafe de Blanchot:
“Al parecer aprendemos algo del arte cuando experimentamos aquello que la palabra soledad pretende designar”
Historia de las matemáticas, libro mayúsculo y azul.
La tarjeta que me diera un embaucador en un bar.
Acertijos ajedrecísticos para caballeros árabes .
La lógica semántica sobre la teoría de grupos.
Dátiles sobre notas de cardinales compactos, porque sólo puede haber dátiles en los desiertos.
Tres encendedores, uno transparente sin gas, uno verde y otro azul. De niño siempre quise un porta fuego metálico como el que tenía el abuelo.
Dos tarros con piedras de Go, que regresaron después de quedarse empolvando un año, en la casa de María.
Un borrador amarillo para pizarrón de gis, con el que borro garabatos en la ventana.
Dos tazas con restos de café y colillas.
Un frasco con agua y dentro dos piedras, una del Báltico y otra de Chiapas.
Un cuaderno de notas fechado 2007, donde leo: “Tú querías un amoroso artefacto para todo”, hojas adelante: “Poemas de los 30 años”, y después nada, hasta delante tres hojas una frase que se lee a lápiz: “bajaré del autobús para tomarlo de nuevo”
Unas notas de un profesor de lógica muerto hace un par de años.
Un separador con un timbre de Rwanda donde hay un cuadro de “Le Jugement de Páris” de Rubens;
un lindo artefacto para dejar la lectura señalada, y que le compré a la vieja Helena, mi chica octogenaria que se pasea por los jardines de la facultad, como una flor aún.
Una caja de chocolates Kisses que me como poco a poco, porque ella no quiere venir por ellos.
Un quita corchos de palanca “L’ Objete y Le Vin” bastante oxidado y que es de las pocas cosas que me quedan cundo viví con Lilí.
Dos cajas de “Ketorolako Trometamina Sublinguales” 50 mg para todos los dolores.
Una pipa sobre los “Escritos a lápiz “ Microgramas II (1926-1927) de Robert Walser.
Una botella de jugo de uva sobre “El candor del padre Braun” un obsequio de cumpleaños de Arturo.
Una caja pequeña con bolitas de chocolate rellenas de mocha y capuccino, que me han golpeado el estómago, como si fuesen balas de cañón.
Un pedazo de queso de Morelos que me regaló mi hermano y su chica, y un cuchillo para cortarlo.
Una botella de “Ginger ale” sobre la página 94 de “El terror y la piedad” de Schwob, pisando la frase: “La risa está destinada a desaparecer”
Una “Micelanea matemática” abierta en: “¿Matemáticas y Música?” del maestro Lluis-Puebla, donde en la parde de “Juego de Dados” dice:
“Mozart, en 1777, a los escasos 21 años de edad, escribió un Juego de Dados Musical K. 299 (Anh.C) para escribir valses con ayuda de dos dados sin ser músico y sin saber nada
( yo prefiero decir: sin saber algo) de composición musical”.
Un par de dados, con el tres y el cinco mirando el techo.
Un desodorante sobre un texto de Pierre Macherey que sustraje de la casa de mi amigo Alejandro, las llaves de su casa Sobre el “Ulises” de Joyce, que parece nunca se va a abrir a mí, y bajo éste otro texto la “Defensa de la poesía” de Shelley.
Mi máquina de escribir también está sobre esta mesa, es pequeña, blanca y se conecta a la internet.
Un monitor grande y descompuesto marca Compaq del año del caldo, a la izquierda.
Una pequeña repisa donde hay unos granos de maíz naranja que me regaló “el maestro”, una goma,
una flauta sopranino, una flauta alto. El aria de las Variaciones Goldberg
Una foto de ella como si estuviera en la playa; recuerdo que acabábamos de llegar de Oaxaca; está tumbada, desnuda y contenta, era muy joven.
Una pequeña bolsa con insectos fritos que me niego a comer y que servirán para hacer bromas a las chicas.
Pedazos de papel celofán y aluminio sobre el “Rizoma” de Guattari y Deleuze, y bajo el delgado librito editado en “Fontamara”, unas notas para unos ensayos que pienso hacer, sobre el uso de la cama, inspirado por una conferencia que vi de Giorgo Agamben.
Capítulo II
“La cama es la montaña, el vientre y el frío”
Pequeños conitos de papel con los que me toco el cerebro vía el oído derecho.
“Los elementos de Euclides”, que por mucho tiempo fueron mi pesadilla y que ahora gozo mucho leerlos.
Bajo Euclides las ecuaciones diferenciales que siempre abandono en un grueso libro.
Sobre otra gran montaña de hojas con demostraciones del año pasado, un texto de poesía òrfica,
un texto que no sirve como cabecera pero que duerme conmigo debajo de mi almohada y que me susurra cuando me vuelvo en la noche a dormir sobre el lado izquierdo.

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