Cultura

ANIVERSARIO BRAM STOKER

Usted ha escrito diversos relatos-homenaje sobre autores reputadísimos dentro de los géneros de ciencia-ficción y terror. Tiene usted una cierta tendencia a mezclar en ellos guiños a sus obras y, al tiempo, anécdotas de sus propias vidas que no siempre son bien conocidas por los lectores. Esto hace sus textos, especialmente cuando se trata de microrrelatos, algo crípticos a veces. Digamos que quizá no todo el público logre apreciar la enorme cantidad de pequeños matices que normalmente atesoran. ¿Podría explicarnos usted misma las claves fundamentales para comprender God save the queen?

Bueno, para empezar siempre repito que un texto deja de pertenecer únicamente a su autor en el momento en que se hace público. Así que cada lector tiene el derecho a interpretarlo como desee. Por tanto God save the queen puede ser leído sencillamente como un microrrelato de terror gótico, o más bien encuadrable en el género steampunk, sin mayores pretensiones. O, simplemente, como un homenaje a Stoker. Pero lo cierto es que encierra bastantes más mensajes, algunos de los cuales resultan recurrentes en mis obras. Para empezar, el relato contiene una reflexión sobre el oficio de escritor –la metaficción suele ser una constante en mi producción literaria–: sobre las obligaciones que el autor siente o debería sentir hacia la sociedad en la que vive y hacia sus semejantes en general; sobre cómo debería sentir la necesidad de usar su pluma a modo de arma, para denunciar y mejorar con ella cuanto aún hay de mejorable, que es siempre mucho. Como Stoker concluye al final, tras haber superado sus lógicos miedos, un escritor no puede actuar como hagiógrafo del poder, tanto menos si éste se demuestra tiránico e injusto.
Por otro lado God save the queen es una crítica contra el capitalismo –en sus orígenes pero no sólo– y, en general, contra la explotación y el sometimiento de la clase obrera. También, contra el colonialismo en sus múltiples formas: obsérvese que no por casualidad los aristócratas se alimentan sin el menor remordimiento de la sangre de los trabajadores, viviendo a su costa; y que lo que colma la resignación de Stoker es rememorar la violencia sufrida por su patria irlandesa, tan vejada como las pobres desventuradas de los suburbios londinenses.
La época victoriana resulta fascinante, pero se reveló considerablemente tóxica para las clases más desprotegidas. Tuve oportunidad de adentrarme en el tema hace unos años, mientras prologaba una edición de El retrato de Dorian Gray. Por eso el texto intenta reflejar el ambiente de sordidez que imperó en los barrios obreros mientras la mayor parte de la aristocracia cerraba los ojos: si por algo se caracteriza la era victoriana es por su hipocresía y doble moral. Un ejemplo perfecto lo constituye la enorme proliferación de la prostitución entre la clase obrera, debido en parte a un consumo habitual entre la clase alta. Y ello sucedía en una sociedad marcadamente puritana, al menos oficialmente. La sociedad victoriana vive, ante todo, en las apariencias.
Aunque algo queda, no se crea. Otra cosa que repito a menudo –pareciera que viviese yo llena de consignas, y no se crea: estoy abierta a la evolución generada por el perpetuo debate racional. Sólo que hay una serie de pilares firmes en mi comportamiento hacia el semejante, que no han cambiado a lo largo de los años y que dudo mucho vayan a cambiar: sigo creyendo que, aunque no renten, son moralmente correctos– es que la sinceridad no suele perdonarse. Vivimos en una sociedad, en general, bastante marrullera y arrivista; a la que le cuesta reconocerse como tal cuando se enfrenta al espejo de las personas íntegras, que las hay. Las comparaciones resultan odiosas y esos odios, en mentalidades infantiles por poco dispuestas a aceptar sus carencias o sus comportamientos improcedentes sin justificarlos como una reacción merecida, revierten indefectiblemente en el objeto de rechazo-envidia. Porque creo que, en el fondo, aunque los denostemos públicamente, todos envidiamos a quienes consideramos moralmente superiores. Aunque esa superioridad implique un alto precio según en qué momentos. Ese género de envidia es natural e incluso comprensible. El problema surge cuando esa envidia se revela retorcida y provoca la venganza. Es el camino fácil: destruir lo que consideramos más perfecto, en lugar de esforzarnos para emplearlo como ejemplo y tender a su perfección. Como le decía, bastante pueril: típico de una mentalidad inmadura e incapaz de aceptar las propias responsabilidades en la construcción de su vida y personalidad.
La sinceridad incomoda. Y la integridad, también.

Y ¿qué me dice usted del talento?
Sonríe. No sé bien si con complicidad o con una cierta resignación. Quizá, con melancolía.

Sí, en algunos casos, puede ser. Son signos de algunas debilidades o miserias humanas. O signos propios de algunos humanos débiles o miserables. Qué le vamos a hacer. La mezquindad también nos caracteriza a veces.

Pero siga, por favor.

No hay mucho más que añadir, supongo. La conclusión final, como en más de uno de mis relatos de terror, es que el verdadero monstruo habita dentro: los monstruos de ficción creados por la imaginación de los escritores no pueden competir con el ser humano, con el horror que éste es capaz de engendrar. La era del hombre, es decir la cruda realidad, se impone definitivamente a una visión romántica y mucho más ingenua del terror. Stoker, que sufrió amplios periodos de convalecencia en su infancia, se crío al amor de los cuentos e historias truculentas que su madre le narraba. Y esto, muy probablemente, debió de ir dando forma al futuro escritor. Sin embargo en nuestro relato Stoker descubre que su realidad de adulto supera ampliamente a su ficción de niño: que los monstruos de su madre son inofensivos si comparados con los que pueblan la rutina cotidiana.
Además, como los aficionados al género de terror percibirán enseguida, el texto que nos ocupa debe mucho a El año de Drácula, de Kim Newmann, a quien de hecho fue dedicado originariamente.
Por ello el título God save the queen, el himno con el cual se desea una larga vida a la soberana británica, encierra una pincelada de humor negro. Porque lo cierto es que el relato parte del presupuesto de que Vlad Tepes, o si preferimos Drácula, se hubiese convertido en el consorte de la reina viuda Victoria. Prolongando su vida de forma innatural no precisamente por intervención divina, sino de sus propios caninos: inoculadores del temido morbo que siglos después, paradójicamente, había de fascinar hasta la histeria a millones de adolescentes cautivadas por el fenómeno Crepúsculo.
En mi vida cotidiana soy siempre muy franca, clara y directa: totalmente transparente. Pero es cierto que mi obra, invariablemente, permite diversos niveles de lectura. Es, probablemente, junto con la escrupulosidad extrema en el léxico y al margen de determinados argumentos recurrentes por alarmantes, mi característica más propia y definitoria como autor. Además creo que el que una obra pueda ser abordada por capas, casi como una cebolla, a menudo contribuye a su enriquecimiento y también al del lector. Igual que se puede entender la narrativa de distintas formas y escribir narrativa con distintos fines, también se puede escribir una novela o relato en concreto con distintos objetivos. En el centro de los míos se ha encontrado siempre, humildemente, hacer cuanto esté en mi pequeña mano para que mejoremos como especie.

GOD SAVE THE QUEEN
CAPRICCIO STEAMPUNK

Salomé Guadalupe Ingelmo

En el vigésimo aniversario de la publicación de Anno Dracula,
bajo la amenaza hecha realidad,
como humilde homenaje al visionario Kim Newman

Bajo la luz artificial del inflexible farol, la muchacha ofrece mecánicamente el gesto lascivo tantas veces ensayado. Está tan desmejorada que no parece una cálida.
La respiración afanosa de la desventurada acaba en un gemido sofocado. El sonido del impasible metal marca el final del acto, íntimo y sórdido al tiempo: las escasas monedas rebotan contra el empedrado. Ruedan aquí y allá, produciendo un sumiso tintineo. Yace tendida en el suelo, ojerosa, demacrada: tan débil que apenas puede arrastrarse para recogerlas. A medida que él penetraba la carne, su menudo cuerpo iba resbalando sobre la pared del patio en el que desempeña con discreción su oficio. La mente se ha deslizado también: ahora reposa en una indulgente inconsciencia, un lugar en el que no debe preocuparse por el alquiler del cuarto compartido, ni por los chulos para los que son obediente rebaño. Ni siquiera, por los clientes que las ordeñan a su antojo. Los caballeros se adentran en el East End sólo para saciar su apetito.
El cielo del gueto hierve de rudimentarios ingenios voladores, de alas membranosas. Únicamente las gafas de visión nocturna evitan las colisiones. Funesta bandada eclipsa la pálida luna. Su sombra se proyecta amenazadora, avanza imparable. Aunque la clase humilde es prolífica, en pocos años esas criaturas desnutridas no podrán alimentar a los aristócratas y burgueses que viven de ellas, a los miles de devotos neonatos y a los pocos fríos antiguos ‒las ávidas sanguijuelas de rancio linaje‒.
Cuando la epidemia comenzó a extenderse, aceptó convertirse en hagiógrafo de los Padres Oscuros. Así logró eludir los campos para no bautizados. El escritor acelera el paso. Procura no mirar al cielo. Ni al suelo. Pero la tentación vence a la prudencia: los orificios en el cuello de la muchacha, unos ojos que se clavan en él acusadores, lo hipnotizan. Recuerda su Irlanda natal ‒abusada por los corsarios ingleses‒, los siniestros cuentos durante la eterna convalecencia infantil… Ahora los monstruos de su madre parecen seres inocentes. Es la era del hombre: ¡Dios salve a la reina!

(Salomé Guadalupe Ingelmo, God save the queen: capriccio steampunk, revista digital miNatura. Revista de lo breve y lo fantástico 116, enero-febrero 2012, p. 40-41)

Imágenes: Alejandro Cabeza
Entrevista: Pilar Bueno

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