Cultura

A UN SIGLO DE SARAJEVO: LECCIONES DE ARTE Y GUERRA

El muro

Quien haya nacido antes de 1989, seguramente aún recuerda, quizás de manera borrosa, aquel momento histórico en que un muro cayó en algún lejano país del otro lado del Atlántico. Probablemente lo haya visto en la televisión o en los encabezados de los periódicos de la época, tal vez escuchó a sus padres o hermanos hablar de ello. Con el tiempo quizás se dio cuenta de la importancia de aquel acontecimiento por todo lo que implicaba, no sólo en aquel país llamado Alemania, sino en todo el mundo. La caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 puso fin a la Guerra Fría y marcó el fin del comunismo en los países del este de Europa. El año de 1989 no sólo fue el fin de la división europea, también marcó simbólicamente la entrada a la era del capitalismo puro y el comienzo del mito de las guerras mundiales, e incluso, en muchos países, la añoranza de un pasado por parte de las generaciones anteriores que se lamentaban de que, en otros tiempos, las cosas iban mejor.

         Después de 1945, el mundo empezó a ser otro. Si uno de los pecados más grandes (e inverosímiles) de la Alemania nacionalsocialista fue la omisión por ignorancia, la supuesta falta de conocimiento de sus ciudadanos sobre los campos de concentración, el resto del siglo XX quiso que esto no volviera a ocurrir, de manera que las guerras en otros países, como Corea o Vietnam, llegaban a nuestra televisión como guerras mediáticas, y así, la falta de información no volvió a ser problema. El problema, a un siglo del atentado de Sarajevo, es la sobreinformación.

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El progreso

En el 2014, las dos guerras mundiales son motivo de estudio y forman un apartado importante en los libros de texto de historia. También, y lo más importante, han generado una cantidad de literatura y de manifestaciones artísticas de rara frecuencia, intensidad y valor creativo. El exilio, la violencia, la censura, la pretendida uniformización del conocimiento y la caza de personas con base en su religión, origen étnico o nacionalidad, han sido ejes dolorosos y fundamentales de la creación. De aquí la pregunta que se hacen muchos intelectuales y artistas, como el escritor triestino Claudio Magris: ¿Es la guerra un mal necesario para el progreso de la humanidad? No es una pregunta reciente; la historia se ha encargado de demostrar que en épocas de tiranía y opresión, las manifestaciones artísticas se multiplican y las voces se alzan para exigir justicia y libertad. Sin embargo, el progreso es un concepto engañoso, un falso mito romántico que implica la mejora de la humanidad con base en determinados elementos y la victoria del más fuerte. Recordemos que, culturalmente, la caída más estrepitosa durante las guerras del siglo pasado fue la del humanismo, aquella idea de corte romántico que asegura que el arte salvaría a la civilización de la barbarie, y que demostró ser falsa cuando los nazis, diletantes con una amplia cultura general, realizaban el exterminio masivo más increíble de la historia moderna.

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Las lecciones del siglo XX

El siglo XX empezó y terminó simbólicamente en el mismo lugar: Bosnia, en la zona de los Balcanes. En 1914 inició con un par de balas del joven Gavrilo Princip, que terminaron de una vez por todas con el sueño austrohúngaro de unificación multinacional y multicultural, y llegó a su fin en 1995 con un armisticio entre bosnios y serbios. Las guerras del siglo XX fueron en gran parte de base nacionalista o étnica, conflictos que destrozaron ciudades enteras y separaron familias. En este sentido, y considerando la perspectiva, a pesar de la toma de conciencia sobre el racismo, los genocidios, la discriminación y los derechos de las minorías, el surgimiento y fortalecimiento de los derechos humanos, el odio sin razón, el odio como cliché, basado en estereotipos y en herencias culturales, la banalidad del mal, nombrada por Hanna Arendt, demuestran que no ha habido una mejora que se pueda identificar con ese esperado progreso en el sentido de mejora. La indiferencia selectiva y la polarización de la razón anulan las consecuencias y los duros aprendizajes que dejaron las dos guerras mundiales del siglo XX y nos regresan a un tiempo donde las guerras se siguen haciendo por los mismos motivos. Tanto entonces como ahora, como si aquello no hubiera ocurrido, las fronteras físicas, ideológicas e intelectuales parecen ser más importantes que las vidas individuales, con la diferencia de que ahora tenemos la información a nuestro alcance y eso nos da una ventaja que desaprovechamos con frecuencia. Vivimos un segundo ocaso del pensamiento, una segunda y más honda caída de valores. El arte, en una lucha cada vez más encarnizada contra la tecnocracia y la cultura de lo utilitario, de lo digerible y del bestseller, carga con la ardua tarea de conservar testimonios y recordarnos que aquellos tiempos pasados no fueron mejores, y que deben seguir permaneciendo ahí justamente, en el pasado; pero un pasado ante el que no deberíamos ser indiferentes.

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