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“12 años esclavo: políticamente correcto”

Hace meses que el más reciente filme de Steve McQueen ha desatado una oleada de comentarios positivos y una impresionante cosecha de premios en cuanto festival internacional ha sido seleccionado. Los Globos de Oro, los BAFTA, los Independent Spirits Awards, pasando por las prestigiosas asociaciones de críticos de Boston, Chicago, Londres, Nueva York o Los Ángeles, y sin olvidar claro está a los premios más mediáticos e importantes de la industria hollywoodense, los Óscar, todos coincidieron en que 12 años esclavo fue la mejor película del 2013. Tanta atención en torno a un solo filme despertó mi curiosidad. ¿Por qué tánto alboroto por otra película más acerca de la esclavitud, un tema tan trillado y más usado que el pasamanos del metro? No obstante, a pesar de estas dudas y considerando los trabajos anterioriores de McQueen (Shame / Hambre), obras sólidas y consistentes, decidí darle una oportunidad. Fue así que me interné en la sala con la esperanza de que la historia de Solomon Northup, un hombre de color que es engañado por unos blancos sinvergüenzas capitalistas que negocian con su libertad y lo condenan a una docena de años como esclavo, a merced de la locura y crueldad de sus amos, me emocionara. La espera fue en vano. A pesar de ser una historia basada en hechos reales, factor que siempre dota de un mayor dramatismo a lo reflejado en pantalla, el guión de John Ridley es plano y lineal, similar a una puesta en escena teatral y rígida que no permite a los actores explorar ningún tipo de matiz. En particular, es grave el caso de Chiwetel Ejiofor, el protagonista y en quien recae el filme de más de dos horas de duración, cuyas carencias expresivas quedan al descubierto desde los primeros minutos: Ejiofor mantiene el mismo rostro inexpresivo tanto cuando está feliz en su hogar con su familia como cuando su piel se revienta en pedazos con cada azote salvaje propinado por su amo. Simplemente no logra transmitir sus emociones. No obstante, fue el actor más nominado y premiado por el mundillo de los festivales internacionales junto a Matthew McConaughey. Por otro lado, la keniana-mexicana (por accidente), Lupita Nyong’o que también arrasó con los reconocimientos en donde su bien formado cuerpo, porte y elegancia engalanó las alfombras rojas del mundo, tiene una participación mínima y mediana. Es cierto, es una debutante y para ser su primera incursión en el séptimo arte está bien, a secas, no es una actuación de Óscar ni mucho menos y aunque ella, a diferencia de Ejiofor sí logra exteriorizar el dolor y el tremendo sufrimiento de ser víctima de sus patrones, sobre todo en la escena de los desgarradores azotes, la que le valió tanta atención, no hay más, eso es todo. Continuando con las actuaciones, Paul Giamatti —a quien recordamos por su brillante desempeño en Entre copas—, y Paul Dano— un actor que se ha consolidado desde su salto a la fama en Pequeña Miss Sunshine—, parecen ser los únicos que en verdad se compenetraron con sus personajes, sobresaliente en particular el trabajo de Dano como un despiadado y cruel capataz, sectario y racista, un poco esquizofrénico, cínico, un bastardo en toda la extensión de la palabra, un asesino de negros. Por otro lado, Michael Fassbinder, que suele entregar actuaciones intensas y memorables, aquí tiene solamente destellos del talento de otras oportunidades, sin embargo, su personaje también peca de lineal, es blanco o es negro y el suyo es irónicamente negro, ya que tiene un carácter tan enfermo que raya en la locura, es malo, malísimo, un villano telenovelesco que termina por verse acartonado, falso. Y así es todo el filme, incluso la aparición de Brad Pitt (quien también figura como uno de los productores) se antoja forzada. ¿Y entonces por qué tánto revuelo por un filme tan mediano? La respuesta es sencilla, la esclavitud, al igual que el Holocausto aún son heridas abiertas en nuestra historia contemporánea. Sin embargo, la forma, el discurso, la narratividad y su adaptación son factores medulares para que tengamos un buen producto o un fracaso, y 12 años esclavo resulta un filme fallido que obtuvo el reconocimiento a la mejor película en la más reciente entrega de los Óscar para conformar a un sector de la sociedad norteamericana que ha dejado de ser minoritario para ser poderoso, tan poderoso que ha llegado nada más y nada menos que a la Casa Blanca.

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