Conciencia

Sin palabras

El origen del lenguaje se remonta a la edad de piedra, donde nuestros antepasados imitaban sonidos, cosas o animales para expresar su sentir. De esta manera, la comunicación fue tomando forma poco a poco entre ellos, inicialmente a base de sonidos, después mediante la música, más adelante se desarrolló el lenguaje articulado, y hace unos 3 mil años la escritura. Desde el punto de vista antropológico, el lenguaje articulado es una de las manifestaciones que caracterizan al hombre y nos separan de los seres irracionales.

Las letras por sí mismas son simplemente sonidos que luego se juntan para formar palabras y las palabras, a su vez, forman frases. Cada palabra tiene su propio significado y al oírla se forma una imagen en nuestra mente.  Al identificarnos con la imagen surge un sentimiento, una emoción que nos puede producir alegría, angustia, tranquilidad, dolor, etc., según sea el caso.

Así es como funcionan las palabras en nuestra mente.  Por lo anterior, es muy importante poner atención particular en las palabras que usamos y el tono en que las decimos, ya que el tono y la manera como decimos las palabras, además de su significado propio, contribuyen a la carga emocional de las mismas.  No es lo mismo decir una palabra en un tono de enojo que la misma palabra en un tono de broma.

Tendemos a utilizar las palabras sin la menor consciencia y hasta nos hemos acostumbrado a decir ciertas palabras o frases que hemos adoptado en nuestro cotidiano hablar y no nos damos cuenta que algunas de ellas pueden tener efectos negativos en nosotros mismos y los demás.

Así pues, tomando en cuenta lo anterior, sería importante evaluar las palabras del vocabulario cotidiano que utilizamos para comunicarnos con nuestra familia, compañeros de trabajo, amigos y personas en general.

Algunas palabras y frases que personalmente considero debemos limitar su uso podrían ser:

¡Cállate! – Quizá sería mejor decir: “Guarda silencio por favor”.

¡Quítate! – Sugiero que en su lugar digamos: “Con permiso”.

¿Por qué? – Si cambiamos esta frase por “¿Para qué?” evitaríamos caer en un estado de necedad que nos orilla a razonarlo todo, a querer saberlo todo.

¿Qué? – Si utilizamos “¿Cómo dices?” o “…Dime” podríamos evitar que nuestro receptor se ofenda o considere que tenemos malos modales.

“Tengo que…” –  ¿Cuántas veces decimos esta frase en un día?  ¿Qué pasaría si la cambiamos por:  “Quiero…”, quizá cambiaría nuestra actitud hacia las actividades que haremos durante el día.

“No puedo…” – Preferible decir: “No quiero…” Muchas veces disfrazamos nuestros deseos con frases como ésta.  Si no queremos, es preciso acostumbrarnos a decirlo y que nuestros interlocutores se acostumbren a escucharlo.

“Bien”- Al omitir esta palabra e intentar describir lo que en realidad queremos decir, se abre la oportunidad de entablar una conversación con mayor facilidad y promueve nuestra capacidad de comunicación.

Te invito a hacerte más consciente de tu vocabulario observando la manera como las palabras crean imágenes en tu mente e identificando cómo estas imágenes tienen un efecto positivo o negativo en tí o en los de tu alrededor.  Observa el tono que utilizas, cómo dices las cosas así como las palabras que usas. Reflexiona sobre las palabras que podrías limitar su uso con la idea de evitar producir dolor o tristeza en las personas a quienes se las dices y con la finalidad de lograr una comunicación armoniosa con quienes te rodean. ¡Empieza hoy…no se hable más!

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