Arte

El collar envenenado

Ordenar el caos, Vargas Llosa se refiere así al acto de escribir. Una novela, un relato, es la suspensión de la simultaneidad, es detener el flujo incesante del tiempo y moldearlo a capricho. Concentrarse en una o dos personas, en algunos espacios y ponerlos bajo la lente del microscopio para aislarlos de lo que también sucede a la vez en la habitación contigua, en algún sótano, en otro país, en otras cabezas. Cuando Virginia Woolf escribió su novela La señora Dalloway se propuso dar la impresión de retablo, de gran mural, capturar ese mundo de 12 horas y un trozo de Londres en un sólo golpe, donde el espacio es el pretexto para cambiar de puntos de vista mientras el tiempo no se detiene, marcha hacia la hora en que Clarissa celebrará su cumpleaños. Quería que el lector se relacionase con el libro como un espectador ante un cuadro, que moviendo la vista de izquierda a derecha, tuviese el mapa, el paso de las horas y las visiones de los involucrados. Que la lectura fuese lo más parecido a lo que ocurre al instante plástico. El flujo de conciencia como el silencio más audible de esa relación. Fue su manera de ordenar el caos concentrándose en un trozo del día, un espacio caminable y dos personajes principales: Clarissa, la mujer acomodada (y desacomodada) y Septimus, el poeta enloquecido por la guerra. Los dos a su manera rozando la línea de la muerte. Si escojo hablar de esta novela es porque su propósito de ordenamiento del caos, como intrínseco de la escritura, es más evidente. Hay un plan. Se intenta que el artificio sea lo más parecido a la vida, sabiendo que no es posible.

¿Qué haríamos sin el espíritu ordenador? Sin la tendencia a la armonía. Las relaciones amorosas tienen mucho de ello, más bien lo que investido de amor es en realidad la elección de la pareja, el instinto de la especie como dirá Richard Dawkings. Ese gen egoísta que busca su lugar en el mundo para subsistir, para dar continuidad a sus fortalezas. Del caos genético de la población, aún reduciéndola a un espacio y un tiempo, digamos la ciudad en que vivimos y los escenarios en que nos movemos, de nuestros contemporáneos y susceptibles de fundar una vida en pareja, el azar hace de las suyas para que en ese caos, los genes de una y los genes de uno (desconozco la adecuación de la teoría de Dawkings a la homosexualidad) se encuentren, se combinen y garanticen que algunos de ellos sigan subsistiendo y buscando entre el caos, al complemento genético que mejor garantice la permanencia de la información de vida. El plan parece obedecer a un patrón darwinista, pero a nivel genético. Sobrevive el más apto, depende del intercambio cromosómico de dos individuos entre miles, millones de los probables en la simultaneidad actuante de nuestro planeta.

Harmonía es el nombre de la diosa griega responsable de la concordia, hija de Afrodita y Ares que se casó con Cadmo, rey de Tebas, y en cuyas fastuosas bodas fue agasajada con un collar envenenado que trajo desgracia a la familia. Visto de alguna manera, el collar envenenado podría ser el caos donde no gobernamos. Sea el artificio ordenador de la escritura y el arte, o el encuentro que garantiza el flujo de los genes hacia su permanencia, la concordia es una forma de contrarrestar ese veneno.

Tal vez el ordenamiento del caos es nuestro humilde intento de respirar la armonía, tal vez la belleza en un edifcio sea una iglesia del siglo XVI, o una torre contemporánea de cien pisos, son la batalla evidente contra lo imposible: el paso del tiempo y el azar.

Últimas noticias